¿Comer caliente en verano afecta la digestión y la energía?

Salir a comer en verano.
Salir a comer en verano.Shutterstock

Cuando suben las temperaturas los menús cambian: ensaladas y bebidas heladas conquistan la mesa, mientras que guisos, sopas y estofados parecen quedar desterrados hasta el otoño. Detrás de ese gesto casi instintivo surge la pregunta: ¿es solo cuestión de confort o comer caliente en pleno verano realmente afecta a la digestión y a la sensación de energía?

La respuesta de la fisiología es menos tajante de lo que sugieren las preferencias del paladar: la temperatura del plato influye, pero mucho menos de lo que lo hacen la composición del alimento, la hidratación y el contexto en el que se come.

El termostato interno: un cuerpo a 37 grados

El organismo humano mantiene una temperatura interna estable, alrededor de los 37 °C, gracias a un sistema de termorregulación muy eficiente. Los alimentos calientes que llegan al estómago están, por lo general, entre 50 y 65 °C, pero se enfrían rápidamente al mezclarse con la saliva y los jugos gástricos.

Salir a comer en verano.
Salir a comer en verano.

La cantidad de calor que aporta un plato caliente es pequeña comparada con la masa total del cuerpo. Según la fisiología básica, ese aporte no basta por sí solo para elevar de forma significativa la temperatura central, aunque sí puede aumentar de manera momentánea la sensación de “bochorno”, sobre todo si el ambiente ya es caluroso y húmedo.

El cuerpo responde aumentando el flujo de sangre hacia la piel y activando la sudoración. Ese sudor, al evaporarse, ayuda a disipar calor. De ahí que en regiones desérticas sea tradicional beber té muy caliente: provoca sudor y, a medio plazo, puede contribuir a una ligera sensación de frescor relativo.

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Digestión: ¿mejor caliente que frío extremo?

La digestión en sí misma es un proceso que genera calor, independientemente de la temperatura del plato.

Romper proteínas, grasas y carbohidratos exige energía y activa el llamado “efecto térmico” de los alimentos. Comer mucho, y sobre todo muy graso o muy proteico, produce más somnolencia y pesadez que el hecho de que el plato esté caliente o frío.

Sándwich en la playa.
Sándwich en la playa.

La temperatura importa cuando es extrema. Manuales de fisiología digestiva señalan que las bebidas o comidas muy frías pueden provocar, de forma puntual, una ligera vasoconstricción en el estómago y enlentecer un poco el vaciamiento gástrico. Es esa sensación de “nudo” o molestia que algunas personas notan al tomar líquidos helados de golpe.

En el otro extremo, los alimentos excesivamente calientes pueden irritar la mucosa de la boca, el esófago y el estómago, además de aumentar el malestar térmico general.

Organismos internacionales han alertado, además, de que el consumo habitual de bebidas muy calientes (por encima de 65 °C) se asocia a mayor riesgo de lesiones en el esófago a largo plazo.

Entre ambos polos, en el rango de temperaturas templadas y simplemente calientes, la digestión transcurre de manera muy similar. El estómago “homogeneiza” rápidamente el contenido antes de enviarlo al intestino.

Sensación de energía: la clave está en el menú, no en el termómetro

La clásica somnolencia tras una comida copiosa en verano no se explica tanto por si la comida estaba caliente o fría, sino por otros factores combinados: volumen, proporción de grasas, alcohol, hidratación y calor ambiental.

Hidratación con agua y frutas.
Hidratación con agua y frutas.

Una ingesta abundante deriva gran parte del flujo sanguíneo hacia el aparato digestivo, lo que puede acentuar la fatiga cuando el cuerpo ya está luchando por disipar calor. Si a eso se suman deshidratación, falta de sueño o exposición prolongada al sol, el bajón energético es casi inevitable, aunque el plato haya sido una ensalada fría pero muy calórica.

Los nutricionistas clínicos suelen insistir en que, en verano, la estrategia más eficaz para mantener la energía pasa por fraccionar las comidas (porciones moderadas varias veces al día), priorizar alimentos ricos en agua (fruta, verdura, sopas frías o calientes ligeras) y asegurar un buen aporte de líquidos.

La temperatura del plato se considera un factor secundario, relacionado más con el confort que con la eficacia digestiva.

¿Entonces, conviene evitar lo caliente en verano?

Desde el punto de vista científico, no hay una prohibición general contra las comidas calientes en épocas de calor. Un caldo ligero al mediodía o un guiso templado por la noche pueden ser perfectamente compatibles con una buena digestión y un nivel de energía adecuado, siempre que:

  • No estén a temperaturas extremas que resulten molestas o irritantes.
  • No sean demasiado grasos ni excesivamente abundantes.
  • Se acompañen de una hidratación adecuada y un ambiente ventilado.

La sensación subjetiva, sin embargo, cuenta. El cerebro asocia frío con alivio y calor con incomodidad cuando el termómetro exterior se dispara. Por eso, en la práctica, muchos optan de manera natural por preparaciones frías o templadas, que resultan más agradables y animan a comer y beber lo suficiente.