En un mundo que idealiza los grupos hiperconectados y la amistad “tipo familia”, estas relaciones discretas parecen menores. Sin embargo, distintos estudios y voces expertas coinciden: tienen un valor emocional, psicológico y hasta físico que solemos subestimar.
Vínculos que no exigen, pero acompañan
“Son relaciones de baja demanda”, resume la psicóloga clínica argentina Laura V., especializada en vínculos adultos. “No te piden explicaciones por desaparecer unos meses, no hay culpa ni reproche. Y, al mismo tiempo, hay una base de confianza suficiente para que puedas llamar si necesitás algo importante”.

Esa baja exigencia reduce el estrés que, a menudo, acompañan los lazos más intensos: expectativas cruzadas, reclamos, discusiones por prioridades.
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Con los amigos de baja intensidad, el pacto tácito es otro: cada uno sigue su vida, y el afecto no se mide por la cantidad de mensajes, sino por la consistencia en los momentos clave.
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El respaldo silencioso que mejora la salud
La psicología social viene mostrando que la red de apoyos no se limita al “mejor amigo” o a la pareja.
Investigaciones internacionales sobre “lazos débiles” y contactos esporádicos señalan que incluso las interacciones poco frecuentes contribuyen al bienestar subjetivo, a reducir la sensación de soledad y a amortiguar el impacto del estrés.

“Cuando una persona sabe que tiene a quién escribir si la echan del trabajo o si consigue uno nuevo, eso ya funciona como un colchón emocional”, explica Laura V. “No importa si la última charla fue en Año Nuevo: lo que cuenta es la percepción de disponibilidad”.
Menos intensidad, más libertad
Para muchos adultos, en particular quienes atraviesan la etapa de crianza, trabajos demandantes o cambios de ciudad, este tipo de amistades aparece como una forma viable de sostener vínculos significativos sin sumarle presión a una agenda saturada.
“Nos vendieron la idea de que las amistades verdaderas requieren una presencia casi diaria”, apunta el sociólogo chileno Juan P., investigador en redes sociales. “Pero, en la práctica, la adultez se organiza más alrededor de lo posible: amigos con los que hablás poco, pero en los que confiás. Esa flexibilidad es una forma de cuidado mutuo”.
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El reencuentro como ritual
Parte del encanto de estas relaciones está en el reencuentro. Las charlas comienzan con un “¿en qué andás?” que rápidamente se convierte en un resumen comprimido de meses: cambios de trabajo, duelos, pequeñas victorias cotidianas.
“En esas puestas al día se filtra algo muy valioso: la sensación de que, aunque no estuvimos, seguimos siendo parte de la misma historia”, dice el sociólogo. “Se arma una línea de tiempo compartida a saltos, pero sostenida en el tiempo”.
Cuidar lo que parece que se cuida solo
La paradoja de los amigos de baja intensidad es que, al requerir poco mantenimiento, pueden dar la falsa impresión de ser indestructibles. Pero también se enfrían si no se los atiende nunca.
“Un mensaje espontáneo, una foto vieja que reaparece, una felicitación sincera: pequeños gestos bastan para mantener vivo ese puente”, sugiere la psicóloga. No se trata de convertirlos en vínculos de alta intensidad, sino de reconocer que, detrás de su bajo consumo de tiempo, hay un alto potencial de sostén afectivo.
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En un clima cultural que mide la amistad en términos de presencia constante y exhibición pública, los amigos de baja intensidad recuerdan otra cosa: que a veces el lazo más valioso no es el que más ruido hace, sino el que permanece disponible, casi en silencio, cuando más se lo necesita.
