Un sentimiento universal (y profundamente humano)
La psicóloga clínica Marta R., con 15 años de experiencia en consulta, es tajante: “No hay vida adulta sin comparación, y no hay comparación sin al menos un destello de envidia”.

Ascensos laborales, parejas estables, maternidades “perfectas”, viajes, cuerpos y casas: el terreno para medirnos con los demás —y en especial con quienes queremos— es inmenso.

La paradoja es clara: cuanto más cercana es la relación, más nos afecta el éxito del otro. No porque no deseemos genuinamente su bienestar, sino porque su logro se convierte en un espejo de lo que sentimos que nos falta.

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“En la amistad se mezclan cariño y narcisismo. Queremos al otro, pero también queremos sentir que nuestra vida es valiosa. Cuando el otro ‘gana’, a veces nuestro ego siente que pierde”, resume la especialista.
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El tabú que alimenta la culpa
La cultura popular presenta la amistad como un vínculo puro, desinteresado, siempre celebratorio. Ese ideal funciona como una trampa: si sentir envidia es “malo” y un “buen amigo” no debería sentirla nunca, cualquier destello de incomodidad ante el éxito ajeno se vive como una traición.

El resultado es un cóctel tóxico: no solo se siente envidia, sino vergüenza por sentirla. Ahí empieza el círculo vicioso: se acumulan pequeñas irritaciones (“otra vez hablando de su ascenso”, “otra foto de su viaje”, “todo le sale bien”) que rara vez se verbalizan. La relación se enfría, se distancia o se llena de comentarios pasivo-agresivos que nadie sabe bien de dónde vienen.
“Lo que destruye no es la envidia en sí, sino lo que hacemos con ella cuando la negamos: mentir, competir de forma encubierta, boicotear, minimizar los logros del otro”, explica la psicóloga.
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¿Envidia sana? El matiz que incomoda menos
En el lenguaje cotidiano se ha popularizado la idea de “envidia sana” para rebajar la culpa. Detrás de esa etiqueta hay algo real: la posibilidad de transformar la comparación en motor, en lugar de en veneno.
Cuando el éxito de un amigo despierta, además de malestar, admiración y deseo de mejorar, la envidia puede volverse una brújula: “¿Qué de su vida me muestra algo que yo también quiero y no me había permitido desear?”.
En vez de quedarnos atrapados en el resentimiento, podemos usar esa incomodidad como información sobre nuestras propias necesidades y proyectos.
La frontera, sin embargo, es fina. Si la alegría por el otro queda constantemente eclipsada por la frustración personal, la relación se resiente. Negar ese conflicto interno solo lo intensifica.
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Cómo hablar (y pensar) de la envidia sin dinamitar la amistad
Los expertos coinciden en que el primer paso no es confesarlo todo, sino admitirlo hacia adentro. Ponerle nombre al sentimiento ayuda a desactivarlo. “Estoy sintiendo envidia” es una frase incómoda, pero honesta.
A partir de ahí, se abren varias preguntas: ¿qué parte de esto tiene que ver con mi historia personal, mis miedos, mi sensación de fracaso?
En algunos casos, compartirlo con el amigo puede ser liberador, siempre que exista confianza y cuidado en la forma: reconocer que algo duele no implica culpar al otro por su logro. Frases como “Me alegra mucho por vos, y a la vez me confronta con cosas que yo todavía no he conseguido” permiten sostener ambas verdades a la vez.
Del lado de quien triunfa, también hay responsabilidad. Presumir, minimizar las dificultades propias o esperar comprensión infinita puede tensar la cuerda. La empatía consiste en celebrar sin borrar el contexto: no todos parten del mismo punto ni tienen las mismas oportunidades.
Hacia una amistad menos perfecta, pero más real
Normalizar la envidia entre amigos no significa romantizarla, sino asumir que forma parte del paisaje emocional adulto. La amistad no se mide por la ausencia de sentimientos incómodos, sino por la capacidad de atravesarlos sin negar ni destruir el vínculo.
En un tiempo dominado por la comparación constante que imponen las redes sociales, quizá el gesto más radical sea este: permitir que la amistad sea un lugar donde también se puede hablar de lo que duele cuando al otro le va bien. No para rebajarlo, sino para crecer —cada uno— con un poco más de honestidad.
