Esa sensación de “mente espesa”, dificultad para concentrarse o memoria más lenta —lo que popularmente se conoce como neblina mental— no siempre es una enfermedad, pero sí una señal frecuente de que algo en el estilo de vida (estrés, sueño, sedentarismo, mala alimentación o sobrecarga digital) está pasando factura.
En medio de suplementos de moda y hacks de productividad, hay una herramienta con respaldo sólido y coste cero: moverse.
Por qué el movimiento aclara la mente
El ejercicio físico actúa como un “reset” biológico por varias vías. La más inmediata es el aumento del flujo sanguíneo: al elevarse la frecuencia cardiaca, llega más oxígeno y nutrientes al cerebro, lo que puede traducirse en mayor alerta y mejor rendimiento mental tras la actividad.

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A medio y largo plazo, el cuerpo produce más factores neurotróficos —como el BDNF, una proteína relacionada con la plasticidad cerebral—, clave para el aprendizaje y la memoria.
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También se modulan neurotransmisores asociados al ánimo y la motivación, como la dopamina y la serotonina, lo que ayuda a salir del bucle de apatía que a menudo acompaña la neblina mental.
Además, entrenar con regularidad se asocia a menor inflamación sistémica y mejor sensibilidad a la insulina, dos variables cada vez más vinculadas al funcionamiento cognitivo.
Y hay un factor decisivo que muchas veces se subestima: el sueño. La actividad física mejora la calidad del descanso, y un cerebro que duerme bien “limpia” mejor desechos metabólicos y consolida recuerdos.
Qué tipo de ejercicio funciona mejor (y por dónde empezar)
No hace falta convertirse en atleta. La evidencia sugiere que la combinación es lo más efectivo: actividad aeróbica (caminar rápido, bicicleta, nadar) para la salud cardiovascular y trabajo de fuerza (pesas, bandas, autocarga) para sostener metabolismo y energía.
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Para quien arrastra cansancio mental, lo más realista es comenzar con dosis pequeñas y consistentes: 20–30 minutos de caminata a paso vivo, 3–5 días por semana, y dos sesiones semanales de fuerza.
Si el tiempo es el problema, intervalos cortos de mayor intensidad —siempre adaptados al nivel— pueden ofrecer beneficios similares en menos minutos.
Señales de que vas por buen camino
Más allá del rendimiento en el gimnasio, algunas pistas aparecen rápido: mejor capacidad para sostener la atención, menos “ruido” mental al final del día, mayor tolerancia al estrés y un sueño más profundo.
Aun así, el efecto no es mágico ni lineal: el exceso de entrenamiento o la falta de recuperación pueden empeorar la fatiga.
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Si la neblina mental es intensa, persistente o viene con síntomas como tristeza prolongada, mareos, palpitaciones o cambios bruscos de peso, conviene consultar a un profesional para descartar causas médicas. Pero para la gran mayoría, la receta es sorprendentemente simple: menos inmovilidad, más movimiento.
A veces, la claridad empieza por ponerse en marcha.
