Qué dicen los datos (y de dónde salen)
La cifra proviene de un experimento frecuentemente citado realizado en la Universidad de Sussex (Reino Unido) y difundido a partir de 2009.
En esa prueba, los participantes atravesaron tareas que elevaban su tensión y luego realizaron distintas actividades de recuperación. La lectura, según los resultados reportados, fue la que más redujo los indicadores de estrés: alrededor de un 68%, por encima de escuchar música (61%), tomar té o café (54%) o salir a caminar (42%).

Los autores explicaron que el efecto aparece rápido porque la lectura exige concentración sostenida: la atención se desplaza desde las preocupaciones inmediatas hacia una historia, una idea o un argumento, y el cuerpo acompaña ese “cambio de canal” reduciendo el estado de alerta.
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Por qué seis minutos pueden marcar diferencia
Más que la duración exacta, el punto clave es la calidad de la inmersión.
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La lectura activa un foco atencional que interrumpe la rumiación —ese bucle mental de pensamientos repetitivos— y puede inducir un descenso fisiológico de la activación, medible en ritmo cardíaco y tensión muscular.
A diferencia del “scroll” breve y fragmentado, leer tiende a organizar el tiempo en una sola tarea.
Matices: no es una receta universal
Especialistas en salud mental suelen subrayar que el estrés no responde igual en todas las personas ni en todos los contextos.
El tipo de material importa: un thriller puede aumentar la excitación, mientras que una novela costumbrista o un ensayo amable pueden favorecer la calma.
También cuenta el soporte: para algunos, el papel facilita desconectar; para otros, el lector electrónico evita distracciones si el celular está lejos.
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Cómo probarlo sin convertirlo en otra obligación
La propuesta es mínima: seis minutos diarios, a una hora fija o como “puente” entre trabajo y descanso.
Sin metas de páginas, sin subrayados, sin rendimiento. Un libro corto, un cuento o crónicas pueden ser suficientes. Si el estrés es persistente o incapacitante, la lectura puede ser un complemento, pero no reemplaza la consulta profesional.
En tiempos de sobreestimulación, el gesto de abrir un libro —aunque sea un rato breve— funciona como una pausa con estructura: una forma accesible de recuperar atención y, de paso, tranquilidad.
