La ansiedad suele describirse como una sensación de inquietud o preocupación, pero en la práctica muchas personas la reconocen antes en el cuerpo que en la mente.

No se trata únicamente de “estar nervioso”: cuando el cerebro interpreta amenaza —real o anticipada— activa el sistema de alarma del organismo, diseñado para reaccionar rápido.
El resultado es una cascada física que, si se vuelve frecuente o intensa, puede confundirse con un problema cardiaco, respiratorio o digestivo.
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Lo que pasa en el cuerpo cuando aparece la ansiedad
La respuesta de “lucha o huida” acelera el corazón, aumenta la respiración y tensa los músculos para prepararse ante el peligro.
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En un examen o una entrevista puede durar minutos; en la ansiedad persistente, el cuerpo puede permanecer en modo alerta durante horas o repetirse día tras día, con desgaste acumulado.
Señales físicas comunes (y por qué ocurren)
Entre los síntomas más habituales están las palpitaciones o el pulso rápido, el sudor frío, los temblores y la tensión muscular que puede terminar en dolor de cuello, mandíbula apretada o cefaleas.

También son frecuentes la opresión en el pecho, la falta de aire o la sensación de “no poder llenar” los pulmones, especialmente durante ataques de pánico.
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En el aparato digestivo, la ansiedad puede manifestarse como náuseas, “nudo” en el estómago, diarrea o cambios en el apetito.
Mareos, hormigueo en manos o labios y fatiga aparecen a menudo, a veces asociados a hiperventilación o a un sueño alterado.
Cuándo conviene consultar
Si los síntomas son nuevos, intensos o interfieren con la vida diaria, es importante pedir evaluación clínica: algunas condiciones (arritmias, asma, reflujo severo, problemas tiroideos) pueden parecer ansiedad.
Buscá atención urgente ante dolor torácico fuerte, desmayo, dificultad respiratoria marcada o debilidad súbita.
Cuando se confirma que se trata de ansiedad, el tratamiento —psicoterapia, hábitos de sueño y actividad física, y en algunos casos medicación— suele reducir tanto la preocupación como sus manifestaciones corporales.
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Reconocer estas señales no es “dramatizar”: es entender el lenguaje del cuerpo para actuar a tiempo.
