Especialistas en salud mental describen el duelo como un fenómeno dinámico, atravesado por cambios de ánimo, recuerdos, reacciones físicas y altibajos que pueden reaparecer cuando parecían superados.
No se trata necesariamente de “volver al inicio”, sino de cómo el cerebro y el cuerpo reeditan el dolor cuando algo lo activa: una canción, un olor, una noticia, un lugar.

También fechas como aniversarios, cumpleaños o celebraciones familiares suelen funcionar como disparadores. Para quien lo vive, el desconcierto puede ser doble: duele la ausencia y, además, la culpa por seguir doliendo.
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La presión social de estar bien
La presión social a “estar bien” agrava esa culpa. En muchas culturas, el duelo tiene plazos implícitos: semanas para retomar el trabajo, meses para dejar de llorar, un año para “cerrar”.

Pero el tiempo por sí solo no mide la intensidad del vínculo, ni el contexto en el que ocurrió la pérdida.
Un duelo puede reactivarse porque cambian las circunstancias: mudanzas, nacimientos, nuevas parejas, una enfermedad. A veces lo que se extraña no es solo a la persona, sino el futuro que se imaginaba con ella.
Hablar de duelo no lineal no significa romantizar el sufrimiento ni negar que existan duelos especialmente complejos. Cuando la tristeza se vuelve incapacitante por periodos prolongados, hay aislamiento extremo, abuso de alcohol o drogas, ideas de autolesión o una imposibilidad persistente de funcionar en lo cotidiano, pedir ayuda profesional es una medida de cuidado, no una derrota.
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Aceptar que el duelo va y viene puede aliviar una parte del peso: la de creer que “algo está mal” si un día, años después, el pecho vuelve a apretarse. A veces, lo que vuelve no es el pasado: es el amor que permanece, buscando un lugar nuevo en la vida que siguió.
