La escena es perfecta para el mito: Nápoles, verano de 1889. La reina Margarita de Saboya visita la ciudad, se cansa de los banquetes afrancesados de la corte y pide probar la comida del pueblo. El pizzero Raffaele Esposito acude al Palacio de Capodimonte y le prepara una pizza con tomate, mozzarella y albahaca, evocando los colores de la bandera italiana. Ella la prueba, se enamora del plato y este queda bautizado como “pizza Margarita”.

La anécdota se repite en guías turísticas, cartas de restaurantes y programas de cocina. Pero ¿qué hay de cierto en esta historia?

Lea más: ¡Imperdible! En el Día Mundial de la Pizza aprendé a hacerlas en cantidad
La carta que alimentó la leyenda
La principal prueba del relato es una carta con membrete real, fechada el 11 de junio de 1889 y firmada por la “Cámara de su Majestad la Reina”, en la que se agradece a Esposito las pizzas elaboradas para Margarita. El documento se conserva —y se exhibe con orgullo— en la pizzería Brandi, heredera del local donde habría trabajado el célebre pizzero.

Sin embargo, historiadores de la alimentación y archiveros italianos han puesto en duda su autenticidad. La tipografía no coincide del todo con otros documentos de la época, y no hay registro oficial en los archivos de la Casa Real que confirme aquel banquete pizzero.

Para algunos especialistas, la carta sería una hábil pieza de marketing creada años después, cuando la pizza empezaba a extenderse más allá de Nápoles.
Lea más: Nápoles en 48 horas: historia, arte y pizza en su máxima expresión
La pizza ya existía antes de la reina
Más allá de la carta, hay otro dato clave: la combinación de tomate, queso y hierbas ya circulaba en las calles de Nápoles antes de 1889.

Crónicas del siglo XIX describen pizzas “rossa” y “bianca” vendidas por vendedores ambulantes y consumidas por las clases populares.
El historiador gastronómico Antonio Mattozzi ha documentado que, desde mediados del siglo XIX, algunas pizzerías napolitanas servían pizzas muy parecidas a la actual Margarita, aunque con nombres genéricos o simplemente como “pizza al pomodoro”. Es decir, es probable que Esposito —si llegó a cocinar para la reina— no inventara nada, sino que seleccionara una receta ya popular y la envolviera en un relato patriótico.
El tricolor como reclamo nacional
El detalle de los tres colores —rojo del tomate, blanco de la mozzarella y verde de la albahaca— encaja a la perfección con el clima político de la época. Italia se había unificado apenas unas décadas antes, y la monarquía de los Saboya necesitaba símbolos que la acercaran al pueblo.
Lea más: Receta imperdible: milanesa a la pizza, un plato irresistible para sorprender a todos
Presentar a la reina probando, aprobando y “bautizando” un plato popular era una forma ideal de nacionalizar una comida local: la pizza dejaba de ser solo napolitana para convertirse en italiana. Que la historia sea exacta o no, su éxito refleja un deseo colectivo: ver en un alimento humilde la encarnación de una identidad común.
De plato pobre a icono global
Lo que sí es indiscutible es que la pizza Margarita se convirtió en el modelo de referencia de la pizza napolitana. Su sencillez —masa fina, tomate San Marzano, mozzarella de búfala o fior di latte, albahaca fresca, aceite de oliva— permitió fijar estándares claros que, más de un siglo después, inspiran a la Associazione Verace Pizza Napoletana y a los centenares de locales que reivindican la “auténtica” receta.
Mientras la pizza viajaba con los emigrantes italianos a Estados Unidos, Argentina y otros países, la Margarita se consolidaba como la versión “clásica”, la que mejor resumía un equilibrio de sabores y una historia —mitificada o no— fácil de contar.
Entre mito y memoria
Hoy, la mayoría de historiadores coinciden: la pizza Margarita, como receta, es anterior a la visita de la reina; lo que nace en 1889, o poco después, es sobre todo una poderosa narración. Una fábula culinaria que mezcla monarquía, patriotismo y cocina popular para dar al mundo una de las marcas más exitosas de la gastronomía italiana.
Que la reina realmente probara o no aquella pizza es casi secundario. Lo que conquistó a la realeza —y al resto del planeta— no fue solo un disco de masa con tres ingredientes, sino la capacidad de un plato humilde para convertirse en símbolo nacional y, después, en icono global.
