Mucho más que mayonesa con “cosas verdes”
En su forma clásica, la tártara combina mayonesa con encurtidos finamente picados y hierbas frescas. La lista suele incluir pepinillos, alcaparras, cebolla y perejil. La base es conocida; el matiz, no tanto.

Los cocineros profesionales coinciden en que el pepinillo no es un ingrediente más, sino el eje que define el carácter de la salsa: aporta acidez, frescor, textura y ese punto salino que la hace irresistible con pescados fritos, mariscos o carnes frías. Si falla el pepinillo, se desdibuja el conjunto.
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Elegir el pepinillo adecuado
No todos los pepinillos sirven por igual. Los primeros sospechosos son los demasiado blandos o pastosos, habituales en botes de baja gama: saturados de azúcar, con vinagres agresivos y aromas artificiales. En la salsa, se deshacen y convierten la mezcla en una pasta dulzona sin relieve.

Los especialistas recomiendan buscar encurtidos:
- Firmes al tacto, con mordida nítida.
- En vinagre de vino o alcohol de sabor limpio, no excesivamente aromatizado.
- Con sazón equilibrada: ácidos, pero no punzantes; salados, sin resultar invasivos.
Muchos defienden el uso de pepinillos tipo “cornichon” (pequeños y muy crujientes), ideales para lograr una textura uniforme en boca y una acidez precisa.
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El corte: de la rusticidad al refinamiento
Una misma salsa tártara puede resultar rústica o delicada solo cambiando el tamaño del corte de sus pepinillos. No es un capricho técnico: de ello depende cuánto se perciba cada bocado de encurtido y cómo se reparte el sabor en la emulsión.
- Brunoise fina (dados muy pequeños): la opción preferida en alta cocina. Permite una textura cremosa con pequeños destellos crujientes y un sabor perfectamente integrado. Ideal para acompañar pescados delicados o tartares de pescado.
- Corte medio, a cuchillo: mantiene la identidad del pepinillo en cada bocado, sin dominar. Funciona bien en sándwiches, hamburguesas de pescado o ensaladas de patata.
- Trozo grueso o irregular: más rústico, pensado para quien busca encontrarse el pepinillo “de verdad”. Útil en bufés fríos, carnes ahumadas o platos en los que la tártara actúa casi como un acompañamiento sólido.
Más allá de la precisión milimétrica, lo crucial es la regularidad: trozos del mismo tamaño para evitar que un bocado sea todo pepinillo y el siguiente, solo mayonesa.
Textura, equilibrio y temperatura
El corte también condiciona la percepción de la grasa. Una brunoise de pepinillo, bien escurrida, aligera la untuosidad de la mayonesa y evita que la salsa resulte pesada. En cambio, trozos mal drenados pueden aguar la emulsión y romperla.

Otro punto decisivo es la temperatura: los expertos recomiendan mezclar la tártara con ingredientes fríos pero no helados, para que la mayonesa no se contraiga y los sabores se expresen mejor. Una vez terminada, un breve reposo en frío —20 a 30 minutos— permite que el pepinillo perfume la salsa sin perder su crujido.
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El regreso a lo casero
Pese a la omnipresencia de las salsas preparadas, cada vez más cocinas domésticas vuelven a la tártara hecha a mano. El motivo es sencillo: con buenos pepinillos y un corte cuidado, el resultado supera con claridad a la mayoría de productos envasados.
La lección es directa: antes de culpar a la receta, conviene mirar el frasco de pepinillos y el filo del cuchillo. En la salsa tártara real, el secreto no está en un ingrediente misterioso, sino en el respeto por un encurtido humilde y en la precisión con que se transforma.
