“Tengo libertad condicional hasta las doce de la noche”.
Me impactó lo que dijo. Porque rapidamente entendí que, en realidad, estaba describiendo una filosofía de vida.
Porque cuando el reloj marca la medianoche, esa libertad vence. Y al día siguiente hay que volver a elegir.
Hoy no.
No es una promesa para siempre. No es un compromiso para toda la vida. Es apenas una decisión de 24 horas.
Y, paradójicamente, quizás por eso funciona.
Mientras lo escuchaba entendí que esa filosofía ya no pertenece solamente al mundo de las adicciones.
Su salida de la municipalidad de Asunción, uno de los momentos más devastadores
Fue la misma que lo sostuvo cuando atravesó uno de los momentos más devastadores de su vida pública: su salida de la Intendencia de Asunción. Ferreiro volvió a defender durante la entrevista la idea de que la causa que terminó con su renuncia fue un montaje político para apartarlo del cargo y devolverle la Municipalidad a los colorados. Años después, la Justicia lo absolvió de las acusaciones que enfrentaba.
Pero una absolución llega al final del proceso. Antes de eso hay que convivir con otra condena: la del juicio público.
Él habló del dolor de sentirse traicionado por una persona de su entorno, de la exposición de su familia, de la incertidumbre de no saber cómo terminaría una historia que parecía llevarse por delante todo lo que había construido y de tener que soportar durante años que muchos lo creyeran culpable antes de que existiera una sentencia.
Pensaba en eso mientras lo escuchaba. Porque cualquiera puede mantenerse firme cuando la vida sonríe. Lo difícil es hacerlo cuando sentís que perdiste el trabajo al que llegaste por el voto popular, cuando tu nombre aparece en los medios asociado a una acusación y cuando el futuro deja de parecer una certeza para convertirse en una incógnita.
Y, sin embargo, él dice que en esos momentos volvió a lo único que sabía hacer.
No pensar en el año siguiente.
Ni siquiera en el mes siguiente.
Pensar solamente en ese día.
Hoy no.
La ruptura de su último matrimonio
La misma filosofía volvió a sostenerlo cuando atravesó la ruptura de su último matrimonio, un golpe que confesó lo enfrentó a la tristeza, la rabia y la frustración. Y como ocurre con quien vive en recuperación, el desafío no era solo atravesar ese dolor, sino hacerlo sin volver a consumir. También entonces eligió la misma respuesta: no prometerse toda una vida, sino atravesar esas 24 horas sin volver a consumir.
Y fue ahí donde dejé de escuchar solamente la historia de Mario Ferreiro para empezar a pensar en la nuestra.
Porque, aunque nunca hayamos convivido con una adicción, todos tenemos algún “hoy no”.
Hoy no responder desde el enojo.
Hoy no abandonar un tratamiento.
Hoy no volver a una relación que sabemos que nos hace daño.
Hoy no rendirnos.
Hoy no perder la esperanza.
Hay algo profundamente valiente en que una persona pública vuelva a hablar de una enfermedad que todavía genera tanto prejuicio. No porque sea fácil. Todo lo contrario. Porque abrir esa parte de la propia vida implica exponerse, volver sobre heridas que nunca desaparecen del todo y aceptar que todavía habrá quienes juzguen más de lo que intenten comprender.
Mario ya había hablado antes de su recuperación. Pero esta vez sentí que no estaba contando una historia de superación. Estaba intentando explicar una enfermedad: Cómo piensa un adicto. Qué pasa por su cabeza. Cómo sufre una familia. Por qué la recuperación nunca termina. Y por qué el mayor error es creer que esto siempre les ocurre a otros.
Quizás ese sea el mayor valor de su testimonio. No el de demostrar que logró mantenerse sobrio durante 24 años, sino el de recordarnos que nadie está completamente a salvo. Que cualquiera puede atravesar una situación así. Que cualquiera puede necesitar ayuda. Y que entender esta enfermedad, en