El juicio al Papa cadáver

En tiempos en que el catolicismo celebra el cónclave para elegir al Papa 266, resucitan historias sobre un lugar que durante años fue clave para el dominio del poder. Entre ellas, se encuentra el juicio al cadáver de un Papa… hecho por otro Papa.

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El papa Formoso murió el 4 de abril del año 896, pero nueve meses después el sumo pontífice Esteban VI ordenó exhumar el cadáver del expapa para someterlo a un juicio que, con el paso del tiempo, fue conocido como Concilio cadavérico.

Esteban VI realizó este macabro acto por una suerte de venganza en la lucha por el poder. Como Formoso no lo nombró sucesor (había elegido a Bonifacio VI, quien murió 15 días después de haber sido elegido Papa en el mismo año 896), Esteban VI determinó que la elección papal de Formoso no era legal, porque al momento de convertirse en Papa había abandonado la diócesis de Porto para ocupar la sede en Roma.

Esteban mandó vestir el cadáver de Formoso con todas las formalidades pontificias y se le colocó en una silla para que ‘escuche’ las acusaciones contra él. Como era previsible, se le encontró culpable y Esteban VI determinó que el papado de Formoso no era legal. Entonces, todo documento durante su pontificado (19 de setiembre de 891 al 4 de abril de 896) fue declarado ilegal.

El portal de historia Planeta Sapiens hace un breve relato de este juicio, del cual reproducimos un fragmento:

El Papa, acompañado por unos Spoleto (quienes tenían el poder en Roma) ciegos de rabia, ordenó que el cadáver de Formoso fuera exhumado para someterlo a un juicio sumarísimo por sus pecados.

El cuerpo del Papa –que llevaba enterrado nueve meses– se encontraba en una avanzadísimo estado de putrefacción. Eso no supuso ningún impedimento para que, vestido con los ornamentos y vestimentas papales, fuera sentado ante el tribunal. Eso sí, tuvo que ser atado a la silla, pues el cuerpo inerte del pontífice se escurría continuamente de su asiento.

Las crónicas cuentan que el cadáver exhalaba un terrible hedor que revolvía las entrañas de los presentes, y su cráneo, prácticamente descarnado, miraba con las cuencas vacías a sus acusadores. Y así comenzó el concilio más espantoso y macabro nunca visto, que ha pasado a la posteridad como “Concilio cadavérico”.

Entre los “pecados” de los que se acusaba a los pobres restos de Formoso estaban el de haberse dejado elegir obispo de Roma cuando ya era en ese momento la cabeza de otra diócesis (la de Porto).

Paradójicamente, el servil Papa de los Spoleto se atrevió a acusar al cadáver de un pecado que él mismo había cometido, ya que cuando fue consagrado Papa, Esteban VI era obispo de Anagni.

Para más inri, éste había recibido el nombramiento de aquel a quien tenía delante, ahora convertido casi por completo en un esqueleto. Para esquivar semejante incongruencia, Esteban anuló todas las acciones de Formoso, y entre ellas la de su propio nombramiento como obispo.

Como es evidente, el cadáver de Formoso asistió en completo silencio a las acusaciones, insultos y gritos que le lanzaba su sucesor. Eso sí, aquellos que le juzgaron tuvieron la “deferencia” de situar a su lado a un diácono –que aguantaba como podía las arcadas producidas por el hedor de la descomposición– para que le representara, a modo de moderno “abogado de oficio”.

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