Milénials y Gen Z, que llegaron a la adultez en medio de crisis económicas, precariedad laboral y alquileres imposibles, están retrasando o directamente descartando la maternidad y la paternidad. En su lugar, los animales de compañía se han convertido en una mezcla de familia, proyecto afectivo y, para muchos, sustituto emocional de la idea tradicional de tener hijos.
Menos bebés, más mascotas
En prácticamente todo Occidente las curvas son claras: caen las tasas de natalidad y se dispara la tenencia de mascotas.

Países como España, Italia, Japón o Corea del Sur registran mínimos históricos de nacimientos, mientras los registros de perros y gatos no dejan de crecer.
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En México, por ejemplo, datos oficiales recientes indican que la mayoría de los hogares ya tiene al menos una mascota, principalmente perros.
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No es una casualidad estadística. Para sociólogos y demógrafos, se cruzan varios factores:
- Crisis de vivienda y salarios estancados: comprar una casa o incluso alquilar un departamento amplio se ha vuelto prohibitivo en muchas ciudades.
- Precariedad laboral: trabajos temporales, economía gig y pocas garantías a largo plazo.
- Transformación de los roles de género: más mujeres priorizan su desarrollo profesional y personal, y cuestionan la idea de que la maternidad sea un destino obligatorio.
- Nueva valoración de la libertad personal: viajes, hobbies, cambios frecuentes de ciudad o de país se integran como parte del proyecto de vida.
En ese contexto, la decisión de no tener hijos, o de retrasarlos más allá de los 35, deja un vacío simbólico que muchas personas llenan con un vínculo intenso hacia sus animales de compañía.
De “mascotas” a “mi hijo”: cómo se humaniza al perro
El lenguaje es el primer delator del cambio cultural. “Mamá perruna”, “papá gatuno”, “hermanito humano”. Se celebran “cumplemeses” con tortas especiales para perros, se organizan sesiones profesionales de fotografía y se abren perfiles de Instagram dedicados exclusivamente al “perrhijo”.

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No se trata solo de palabras tiernas. Detrás hay un fenómeno de humanización de las mascotas, visible en al menos tres planos:
- Consumo
- Tiempo y atención
- Marco emocional
No es que antes no hubiera cariño hacia “el perro de la casa”, pero el salto es claro: de animal doméstico a miembro de la familia con un reconocimiento casi equiparable al de un hijo.
El factor económico: criar un niño vs. criar un perro
El argumento suele aparecer en redes, a veces en tono de broma, a veces con resignación: “Tener un hijo cuesta una fortuna; un perro también, pero menos… y me deja dormir”.

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Aunque los costos varían notablemente según el país y el nivel de vida, los estudios coinciden en que criar un hijo hasta la mayoría de edad exige una inversión económica y de tiempo incomparablemente mayor que la de mantener un animal de compañía.
- Gastos directos: alimentación, ropa, escuela, atención médica, actividades extracurriculares.
- Costos de oportunidad: interrupciones en la carrera profesional, reducción de jornada laboral, licencias de maternidad/paternidad insuficientes o mal pagadas.
En países sin sistemas sólidos de apoyo familiar (guarderías públicas, horarios laborales compatibles, políticas de conciliación), la ecuación se vuelve más difícil de sostener para las nuevas generaciones.
En cambio, aunque los “perrhijos” también suponen un gasto significativo, especialmente con la tendencia a la premiumización de productos y servicios, el compromiso económico suele percibirse como más manejable y flexible.

Si la situación aprieta, es posible recortar en extras sin poner en riesgo la supervivencia del animal, mientras que hacerlo con un niño resulta impensable en muchos aspectos.
Flexibilidad, autonomía y “paternidad elegida”
Otro componente clave es el control sobre la propia vida. Millennials y Gen Z crecieron viendo a sus padres lidiar con jornadas extensas, estrés, divorcios y, en muchos casos, frustración por haber sacrificado proyectos personales en nombre de la familia.

Con esa experiencia de fondo, la idea de tener hijos genera ambivalencias: se reconoce el valor emocional de la crianza, pero también el costo en términos de tiempo, dinero, salud mental y proyecto individual.
Los animales de compañía aparecen como una forma de paternidad/maternidad “a escala”:
- Dan compañía, afecto y sensación de hogar.
- Exigen responsabilidad y rutina, pero dejan mayor margen de improvisación: se pueden quedar unas horas solos, compartir el cuidado con amigos o familiares, contratar paseadores o guarderías.
- No implican el mismo nivel de vigilancia, movilidad reducida o renuncia a ciertas actividades.
Para muchos jóvenes, adoptar un perro es una suerte de ensayo de la vida adulta, una manera de asumir responsabilidad sin entrar en el punto de no retorno que implica tener un hijo.
Capital emocional en tiempos de soledad
Los “perrhijos” también responden a otra realidad silenciosa: la soledad urbana. Hogares unipersonales en aumento, vínculos afectivos más inestables, familias geográficamente dispersas y una conectividad digital que no siempre se traduce en apoyo real.

En este paisaje, los animales se convierten en:
- Red de apoyo emocional básica: compañía diaria, consuelo en momentos de ansiedad o depresión, rutina que estructura el día (“tengo que levantarme a sacarlo”).
- Vehículos de socialización: parques caninos, grupos de WhatsApp de vecinos con perro, comunidades en redes. Muchas amistades (e incluso parejas) surgen a partir de paseos y actividades con mascotas.
- Anclas identitarias: en un mundo de trabajos frágiles y cambios constantes, el vínculo con el “perrhijo” se percibe como algo estable y confiable.
Numerosas investigaciones psicológicas han constatado que la convivencia con animales puede disminuir el estrés, la sensación de soledad y algunos síntomas de ansiedad, siempre que el cuidado sea responsable y las condiciones de vida del animal sean adecuadas.
Críticas y tensiones: ¿capricho de clase o reconfiguración de la familia?
¿Humanizar a los animales… deshumaniza a las personas? Un eje de crítica viene del propio mundo animalista y veterinario: humanizar en exceso a los animales puede llevar a prácticas que no respetan su naturaleza.

Ropa incómoda, dietas de moda sin supervisión profesional, sobreprotección que limita el ejercicio o la exploración, ansiedad por separación derivada de una relación demasiado dependiente… Detrás de algunas escenas “tiernas” de TikTok puede haber estrés y malestar para el animal.
La llamada a la responsabilidad es clara: tratar al perro como miembro de la familia no implica tratarlo como si fuera un humano, sino conocer y respetar sus necesidades específicas como animal.
También hay quien señala que la narrativa del “perrhijo” es principalmente un fenómeno de clase media y media-alta urbana, con recursos para cuidar a sus animales con estándares muy elevados, mientras millones de perros y gatos viven en la calle o en condiciones precarias.
Ese contraste alimenta el debate sobre qué significa realmente querer a los animales: ¿basta con humanizar a uno y llenarlo de productos, o implica también presionar por políticas públicas de bienestar animal, esterilización, adopción y regulación?
¿Qué nos dice la generación “perrhijos” sobre el futuro de la familia?
Más que una excentricidad pasajera, los “perrhijos” son un síntoma de transformaciones profundas:

- La idea de familia se ensancha y diversifica: parejas sin hijos, hogares unipersonales con mascota, comunidades de amigos que conviven con varios animales.
- La maternidad y paternidad dejan de ser mandato universal para convertirse en decisión altamente reflexionada, sujeta a condiciones materiales y proyectos personales.
- El vínculo con los animales pasa de lo utilitario (perros guardianes, gatos cazadores) a una relación afectiva y simbólica intensa.
Entre cochecitos y correas, las generaciones que crecieron llamando “compañero fiel” al perro ahora lo presentan como “mi hijo”. Más allá del término que se use, los jóvenes están redefiniendo qué significa formar una familia, con quién y en qué condiciones. Y, al menos por ahora, muchos de esos nuevos núcleos familiares caminan sobre cuatro patas.
