Aunque el término suele usarse de forma coloquial y a veces confusa, detrás hay un problema real: el cuerpo del animal no siempre es capaz de adaptarse a tiempo al salto de temperatura y humedad, y eso puede contribuir a cuadros de estrés térmico, golpes de calor o problemas respiratorios, especialmente en animales vulnerables, como los perros.
No es “se resfrió por el aire”, es que su cuerpo no aguantó el cambio
En el lenguaje cotidiano se habla de “resfriarse por el aire acondicionado”. En mascotas, lo que preocupa a los veterinarios no es tanto un “resfriado” como tal, sino cómo afectan los cambios bruscos de temperatura a su sistema cardiovascular y respiratorio.
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Los perros y gatos regulan su temperatura corporal de forma distinta a los humanos. No sudan por toda la piel:

- Los perros dependen sobre todo del jadeo y de un sudor muy limitado en las almohadillas plantares.
- Los gatos se lamen el pelaje para favorecer la evaporación y también tienen una capacidad limitada de sudoración.
Cuando un animal está en una casa muy fría —por ejemplo, a 21 °C— y de repente sale a una calle a 36–40 °C, su organismo se ve obligado a ajustar en muy poco tiempo la circulación sanguínea, la frecuencia respiratoria y la forma de disipar calor. Si el animal ya estaba relajado, dormido o con la respiración lenta en el interior, el salto térmico puede superar su capacidad de respuesta.
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Esto no significa que un solo paso del frío al calor va a enfermar a todas las mascotas, pero sí aumenta el riesgo en determinados contextos:
- Olas de calor y humedad muy alta.
- Paseos en las horas centrales del día.
- Perros braquicéfalos (de hocico chato, como bulldogs, pugs o bóxer) y animales con patologías previas cardiacas o respiratorias.
- Animales obesos, muy jóvenes o muy mayores.

En ellos, un cambio brusco de ambiente puede ser el detonante que precipite un golpe de calor.
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Del confort al golpe de calor: qué pasa en el cuerpo del animal
El golpe de calor es una urgencia veterinaria grave. Sucede cuando la temperatura corporal del animal supera su umbral de tolerancia (a menudo, por encima de 40–41 °C), y su organismo deja de ser capaz de disipar calor.

Si un perro o gato sale de un lugar muy frío directamente al calor extremo:
- Su vasculatura se dilata rápidamente. Para disipar calor, aumenta el flujo sanguíneo hacia la piel y las extremidades. Eso puede provocar bajadas de tensión en animales sensibles.
- Se acelera la respiración. El perro comienza a jadear intensamente. En razas de hocico chato, las vías respiratorias ya son estrechas de base, y ese esfuerzo extra puede desencadenar un colapso respiratorio.
- Se altera el equilibrio de líquidos y electrolitos. El jadeo continuo y la evaporación rápida pueden conducir a deshidratación, especialmente si el animal ya no estaba bien hidratado.
- Sube rápidamente la temperatura central. Si además el pavimento está caliente, el animal absorbe aún más calor desde las almohadillas plantares y el vientre, sumando carga térmica.
En cuestión de minutos pueden aparecer signos como debilidad, tambaleos, salivación excesiva, mucosas muy rojas, vómitos o incluso convulsiones. Son señales de alarma que requieren atención veterinaria inmediata.
El papel del aire acondicionado: aliado… si se usa bien
El aire acondicionado no es el enemigo; de hecho, bien utilizado, es uno de los grandes aliados para proteger a las mascotas del calor. El problema surge cuando se crea un contraste exagerado entre interior y exterior.
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Muchos veterinarios recomiendan evitar diferencias extremas entre la temperatura de casa y la de la calle. Mantener el hogar a una temperatura confortable, pero no gélida, ayuda a que el animal no sufra un choque tan brusco al salir.

Un rango de 24–27 °C suele ser suficiente para que perros y gatos estén cómodos sin someterlos a un salto térmico muy agresivo cuando pisan la calle.
Además, los animales, igual que las personas, pueden sufrir irritación de vías respiratorias si pasan horas recibiendo chorros directos de aire frío, sobre todo si el aparato está mal mantenido y acumula polvo, hongos o bacterias en los filtros.
Distintos colegios veterinarios también insisten en aspectos prácticos:
- No dirigir el chorro de aire directamente al animal.
- Evitar que duerman pegados a la salida principal del aire, sobre todo si está muy frío.
- Mantener una temperatura estable, sin cambios bruscos repetidos a lo largo del día.
El objetivo no es renunciar al aire acondicionado, sino usarlo con moderación para que el contraste con la calle no sea tan extremo.
Señales de alarma: cuándo el calor ya está afectando a tu mascota
Algunos signos que deben hacer reaccionar al cuidador son:
- Jadeo muy intenso, con la boca muy abierta, lengua fuera y respiración ruidosa.
- Salivación abundante, pegajosa.
- Mucosas muy rojas o, por el contrario, pálidas o azuladas.
- Debilidad, tambaleos, incapacidad para seguir caminando.
- Mirada perdida, desorientación.
- Vómitos o diarrea.
- Colapso o convulsiones.
Si el animal muestra estos signos tras pasar del interior acondicionando al exterior caluroso, hay que interrumpir de inmediato el ejercicio, llevarlo a un lugar sombreado y fresco, ofrecerle agua (sin obligarle a beber) y contactar de urgencia con un servicio veterinario.

El tiempo es determinante: un golpe de calor puede ser mortal en poco rato.
Cómo reducir el riesgo: del interior a la calle, paso a paso
Los especialistas recomiendan una serie de medidas sencillas para minimizar el impacto del cambio de temperatura entre interiores climatizados y el exterior en pleno verano:
- Evitar los extremos en casa. En lugar de poner el aire acondicionado a 20–21 °C, mantenerlo en torno a 24–27 °C. El animal estará cómodo, y el contraste con los 35–40 °C de la calle será menor.
- Aclimatar antes de salir. Antes del paseo, apagar o subir el termostato unos minutos y dejar que el animal esté en una zona algo menos fría de la vivienda (un pasillo, una habitación sin aire directo). Esa transición suave puede ayudar a su organismo a empezar a adaptarse.
- Elegir bien las horas de paseo. Reducir al máximo las salidas en las horas de mayor calor (entre las 12:00 y las 18:00, según la zona) y priorizar primeras horas de la mañana y últimas de la tarde o noche.
- Limitar el ejercicio intenso en la calle. Sobre todo en los primeros minutos tras salir de un interior con aire acondicionado. Mejor paseos tranquilos y cortos en las horas más cálidas.
- Hidratar y ofrecer sombra. Llevar siempre agua en los paseos largos, buscar zonas con árboles y evitar el asfalto muy caliente, que también transmite calor a través de las almohadillas.
- Ventilar y mantener el aire acondicionado. Un sistema de climatización limpio, con filtros revisados, reduce irritaciones respiratorias y mantiene un flujo de aire más saludable para todos los habitantes de la casa, también los animales.
En vehículos con aire acondicionado, las precauciones se multiplican: el interior del coche puede alcanzar temperaturas extremas en minutos. Nunca se debe dejar a un animal solo dentro, ni siquiera con las ventanillas entreabiertas, y el paso del aire frío directo al sol del exterior exige aún más prudencia.
Proteger a perros y gatos del “choque térmico” no se trata de eliminar el aire acondicionado, sino de entender cómo viven ellos el calor y darles la oportunidad de adaptarse, paso a paso, a un verano cada vez más extremo.
