Cuando Paraguay recuperó la democracia en 1989, luego de la caída de Alfredo Stroessner, la economía llegaba a ese quiebre institucional con una base frágil, poco diversificada y de bajo dinamismo. Tras el crecimiento excepcional de los años setenta —impulsado por la construcción de Itaipú y la expansión inicial de la frontera agrícola—, la década de 1980 estuvo marcada por un prolongado período de estancamiento, crisis de deuda y pérdida de impulso productivo.
En términos de escala e ingresos, el punto de partida era bajo incluso dentro del contexto regional. Al cierre de ese ciclo en el 89, el PIB per cápita se ubicaba en torno a US$ 967, más de 30% por debajo de los niveles de 1980, lo que colocaba a Paraguay entre las economías de menor ingreso por habitante de América del Sur. El tamaño total del PIB rondaba los US$ 4.000 millones, reflejando un mercado interno reducido y una limitada capacidad de acumulación.

Inflación, producción y fragilidad macro
En este entonces, el frente nominal tampoco ofrecía estabilidad. La inflación anual fue de 26% en 1989 y escaló ampliamente ese margen en 1990, un nivel elevado para estándares actuales que erosionaba el poder adquisitivo y dificultaba la planificación de inversiones de mediano plazo. Aunque Paraguay no atravesó episodios de hiperinflación como otros países de la región, la volatilidad de precios reflejaba la debilidad de los anclajes macroeconómicos y de las instituciones económicas de ese momento.
El perfil productivo y comercial del país era igualmente limitado. Las exportaciones se concentraban en materias primas de bajo valor agregado —algodón, madera, entre otros— y apenas superaban los US$ 950 millones hacia principios de la democracia en el 89. Al mismo tiempo, el país importaba prácticamente la totalidad de sus bienes industriales, energéticos y tecnológicos, y la inversión extranjera directa era prácticamente inexistente tras la crisis regional de deuda de los años ochenta.
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Ese era, en términos generales, el punto de partida económico del Paraguay democrático: una economía pequeña, vulnerable a los shocks externos, con inflación elevada, bajo ingreso per cápita, escasa inversión y una inserción internacional poco sofisticada.
Años noventa: crecimiento moderado con interrupciones
Durante la década posterior al retorno democrático, la economía paraguaya mostró un crecimiento positivo pero irregular. Entre 1991 y 1997, el PIB real creció en promedio alrededor de 3% anual, impulsado por la apertura comercial, cierta recuperación de la inversión y una mayor estabilidad macroeconómica inicial.
Sin embargo, ese proceso se vio interrumpido hacia fines de la década por una combinación de crisis bancaria interna, inestabilidad política y el impacto de shocks regionales, lo que derivó en una virtual recesión entre 1998 y 2002. En ese período, el crecimiento promedio fue prácticamente nulo e incluso negativo en algunos años (-2,3% en el 2000), lo que retrasó la convergencia del ingreso por habitante y prolongó la sensación de estancamiento heredada de las décadas previas.
El ciclo expansivo de los 2000 y el salto de escala
A partir de 2003 se inicia el período de mayor dinamismo económico de las últimas décadas. Entre 2004 y 2012, el PIB paraguayo creció en promedio por encima del 5% anual, con picos en torno al 14% entre 2010 (14,5%, según datos del BCP) y 2013, impulsado principalmente por el boom de commodities agrícolas, el fuerte aumento de las exportaciones y una mayor inversión asociada al sector primario. Este ciclo permitió que el tamaño de la economía se expandiera con rapidez: el PIB nominal pasó de alrededor de US$ 6.000 millones a comienzos de los 2000 a más de US$ 25.000 millones hacia 2012, marcando un cambio estructural en la escala económica nacional.

La última década: resiliencia frente a shocks
Desde mediados de la década de 2010, el crecimiento se mantuvo en una senda positiva, aunque más moderada y con mayor exposición a shocks climáticos y externos. La sequía de 2012 provocó una caída del PIB cercana al -1%, seguida por un rebote de más del 14% en 2013. En 2020, la pandemia global generó una contracción de apenas -0,8%, una de las menores de la región, y fue seguida por una recuperación cercana al 4% en 2021.
Si bien una nueva sequía en 2022 volvió a afectar el desempeño, llevando el crecimiento a niveles cercanos a cero, para 2023–2025 la economía retornó a tasas en torno al 4% anual (6% para el cierre de 2025, según BCP), consolidando una trayectoria de expansión de largo plazo que contrasta fuertemente con el estancamiento de la era previa.
De inflación crónica a control de precios
Otro indicador que vale la pena analizar en detalle es la inflación: a comienzos de la transición democrática, este era uno de los principales factores de inestabilidad. Entre fines de los años ochenta y comienzos de los noventa, la variación anual de precios superaba el 25% y llegó a ubicarse en torno al 37% en 1990, según datos del Banco Mundial (44%, de acuerdo con el BCP).
A partir de entonces, el proceso de estabilización macroeconómica se apoyó en una combinación de política monetaria más previsible, fortalecimiento institucional del Banco Central del Paraguay y, más recientemente, en la adopción explícita del esquema de metas de inflación. Ese recorrido permitió que, desde mediados de la década de 2000, la inflación se mantenga mayormente en un rango de un dígito, con un promedio cercano al 4%–5% anual en los últimos años, incluso luego de absorber shocks externos como la pandemia o el alza global de precios en 2022.

La regla fiscal como complemento de la estabilidad
El control de la inflación no puede entenderse sin la evolución del frente fiscal. La aprobación de la regla fiscal y su aplicación como marco de referencia para el gasto público introdujeron previsibilidad en las cuentas del Estado y limitaron los déficits estructurales. Esto redujo la necesidad de mayor financiamiento monetario y contribuyó a sostener la credibilidad del esquema macroeconómico. La deuda pública se mantuvo en niveles bajos en comparación regional durante buena parte del período, y aun después del aumento asociado a la pandemia, continúa siendo moderada con relación al tamaño de la economía.
Expectativas y credibilidad como activos macro
El resultado hoy es un entorno en el que empresas, industrias e inversores operan con expectativas de inflación relativamente estables, algo que contrasta con la volatilidad de décadas anteriores. Esta previsibilidad no elimina los ciclos ni los shocks, pero actúa como amortiguador macroeconómico, reduciendo la transmisión de crisis externas al nivel de precios y al sistema financiero. En términos estructurales, la estabilidad de precios y la disciplina fiscal se convirtieron así en uno de los principales activos de la economía paraguaya en el período democrático.
Inversión y sistema financiero: crecimiento con prudencia
El proceso de expansión económica de las últimas dos décadas estuvo acompañado por una profundización gradual del sistema financiero, aunque sin saltos disruptivos. El crédito al sector privado creció de manera sostenida en línea con la actividad, con tasas de dos dígitos en los años de mayor dinamismo y una moderación reciente conforme el ciclo se normaliza.
En entrevista con ABC Negocios, la presidenta ejecutiva de la Asociación de Bancos del Paraguay (Asoban), Liz Cramer, señaló que en 2025 el crédito creció en torno al 10% interanual, por debajo del ritmo cercano al 20% observado en 2024, en un contexto de mayor prudencia tanto del lado de la oferta como de la demanda.

Ahorro, morosidad y profundización
Asimismo, el crecimiento del crédito estuvo acompañado por una expansión del ahorro financiero. Los depósitos también aumentaron, con una mayor preferencia por instrumentos de plazo más largo, como los certificados de depósito de ahorro (CDA), que ganaron participación dentro del total del sistema.
Al mismo tiempo, los indicadores de riesgo se mantuvieron contenidos: la morosidad total del sistema se ubicó en torno al 2,3%, por debajo del umbral que suele considerarse problemático, aunque con niveles más elevados en segmentos específicos como el crédito al consumo.
Pese a estos avances, la profundidad del sistema financiero sigue siendo acotada en términos comparativos. La relación entre crédito y PIB, así como entre depósitos y PIB, permanece por debajo de la observada en economías más desarrolladas de la región, lo que marca un techo al financiamiento del crecimiento. A esto se suma el peso de la informalidad, que restringe el acceso de una parte importante de la población y de las pequeñas empresas al crédito formal.
Empleo, pobreza e informalidad: los límites del crecimiento
En síntesis, el crecimiento económico de las últimas décadas se tradujo en mejoras sociales medibles, aunque incompletas. La tasa de pobreza monetaria se redujo de más del 50% a comienzos de los 2000 a alrededor del 25% en los últimos años, mientras que la pobreza extrema descendió a niveles cercanos al 5%. Sin embargo, estos avances conviven con un mercado laboral altamente informal: cerca de dos tercios de los ocupados se desempeñan fuera del sistema formal, con baja productividad, escasa protección social y acceso limitado al crédito.
Desde la banca, la lectura del cierre de 2025 es la de un sistema que acompañó el crecimiento, pero que priorizó prudencia frente a un entorno externo más volátil. La atención puesta en el dólar, en la normalización del ciclo y en la mitigación de riesgos refleja un enfoque más conservador que expansivo, coherente con una etapa en la que el desafío ya no es crecer rápido, sino sostener estabilidad.
