Lo que el acuerdo abre es concreto. Aranceles que caen, mercados que se amplían, denominaciones de origen que se protegen, servicios que pueden prestarse con menos trabas.
Para Paraguay en particular, la ecuación tiene un componente que pocos están leyendo con la atención que merece: la energía. Un país que genera electricidad casi completamente limpia, en un mundo que paga cada vez más por descarbonizar sus cadenas de producción, tiene una ventaja estructural difícil de replicar. Eso no es un dato menor. Es una propuesta de valor.
Tener una propuesta de valor no es lo mismo que saberla comunicar
Lo que Europa compra no son solo productos. Compra procesos verificables, estándares medibles, historias con evidencia. Trazabilidad del origen, certificaciones de sostenibilidad, compromisos climáticos con métricas reales.
El acuerdo tiene letra chica en ese sentido, y no es letra trampa: es el idioma en que opera ese mercado. Un idioma que el empresario europeo habla de manera natural porque lleva décadas construyendo esos sistemas, y que del lado del Mercosur todavía requiere un esfuerzo de traducción importante.
Hay además una diferencia de horizonte temporal que no es menor. El inversor europeo que evalúa instalarse en América Latina necesita previsibilidad a veinte años. No como condición ideal, sino como condición mínima para que los números cierren. Ese es el plazo en que piensan las inversiones industriales de largo aliento.
Del otro lado, la cultura comercial predominante trabaja en ciclos mucho más cortos: el proyecto puntual, la transacción concreta, el contrato que empieza y termina en sí mismo. Esa brecha de mentalidad no la resuelve ningún artículo del acuerdo. La resuelve las personas, los sectores, las instituciones que decidan operar de otra manera.
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Contar por qué vale la pena comprar
Paraguay tiene materia prima extraordinaria para construir un relato comercial potente. Tiene energía limpia de verdad, no de papel. Tiene escala manejable que puede ser una ventaja competitiva bien posicionada. Tiene recursos que el mundo va a necesitar cada vez más. Lo que todavía falta es la capacidad de convertir todo eso en narrativa: en propuesta de valor articulada, en historia que un comprador europeo entienda y esté dispuesto a pagar más por ella.
El acuerdo abrió una ventana. Eso es lo que hacen los acuerdos: crean condiciones. Lo que no crean es la voluntad de aprovecharlas ni la visión para hacerlo con inteligencia.
Pasar del comercio transaccional a la construcción de relaciones de largo plazo, de vender lo que se tiene a contar por qué vale la pena comprarlo: ese es el salto que está pendiente. Y es, en última instancia, una decisión que no se toma en Bruselas.
(*) Enviada Especial a la sede de la Unión Europea





