Donde antes había pastizales anegados o simples represas para el ganado, hoy se multiplican los estanques de agua quieta que esconden tilapias, pacú, carpa y bagre. Es la foto que se repite con más frecuencia en Caaguazú, Cordillera, San Pedro e Itapúa, el corazón de una piscicultura paraguaya que crece a un ritmo que pocos rubros del agro logran sostener.
La producción acuícola nacional pasó de unas 100 toneladas en el año 2000 a 22.300 toneladas en 2024, según los datos que maneja Susana Barúa, especialista en piscicultura. “El crecimiento más marcado se dio entre 2020 y 2024, cuando pasamos de 14.100 a 22.300 toneladas. Una expansión del 58% en apenas cuatro años”, detalla.
El despegue no fue parejo: en 2001, la producción rondaba las 500 toneladas y recién entre 2005 y 2007 se llegó a 2.000 ton. Fue en la última media década cuando el sector encontró su punto de inflexión. Aun así, Barúa advierte que el país tiene tierra fértil sin aprovechar: “Itapúa dispone de áreas que podrían reactivarse y convertirse en un polo de desarrollo para la piscicultura”, señala.

El peso de los pequeños productores
Detrás de esas toneladas hay una estructura muy particular. Paraguay cuenta hoy con alrededor de 10.000 productores de piscicultura, y el 98% son pequeños acuicultores de recursos limitados. Solo un puñado –tres grandes productores– se dedica al engorde comercial a gran escala, junto a un grupo intermedio de medianos.
La región Oriental concentra la actividad, con Caaguazú, Cordillera, San Pedro, Itapúa, Paraguarí, Guairá y Alto Paraná como principales departamentos productores. En el Chaco, la piscicultura todavía es complementaria, aunque gana terreno de la mano de la ganadería. “Ahí se busca aprovechar los reservorios de agua que ya existen para la producción bovina e incorporar la cría de peces”, explica Barúa. El suelo arcilloso, la disponibilidad de agua y la topografía del país completan un terreno fértil para la expansión del rubro.

La pesca extractiva cae y empuja la cría
Uno de los motores silenciosos de este crecimiento está en los ríos, no en los estanques. Un análisis del Mades registra una caída cercana al 72% en la extracción de pacú, el pez más emblemático de la mesa paraguaya. Con menos oferta silvestre, la acuicultura gana espacio como alternativa para poner pescado en la mesa sin seguir presionando los recursos naturales.
Tilapia, pacú, carpa y bagre dominan la producción comercial, mientras asoman experiencias incipientes con el llamado salmón de río. El potencial de crecimiento, remarca Barúa, sigue siendo enorme: “Paraguay utiliza apenas el 5% de sus recursos naturales con potencial para el desarrollo sostenible de la acuicultura. Las posibilidades de expansión son muy amplias”.
Un estanque de 300 m2 como puerta de entrada
La piscicultura tiene una ventaja que la distingue de otros rubros del agro: no exige grandes extensiones para arrancar. Barúa asegura que con el manejo técnico adecuado, un pequeño productor puede obtener buenos resultados con un estanque de apenas 300 metros cuadrados.
Esa superficie puede rendir unos 300 kilos de pacú al año o 300 kilos de tilapia en unos seis meses, según la especie y el sistema elegidos, siempre respetando la capacidad de carga del estanque.
La inversión estimada para un estanque de tierra de 300 m² es de G. 8.410.000, entre construcción, equipamiento, alimentación, alevines y capacitación, con una vida útil de 20 años y una producción promedio de 270 kilos por ciclo.

Cada paraguayo come 7,2 kilos de pescado al año
El mercado interno absorbe prácticamente toda la producción nacional, y todavía pide más. El consumo per cápita de pescado en Paraguay es de 7,2 kilos al año, una cifra que Barúa considera baja pero con margen de crecer, de la mano de médicos y nutricionistas que recomiendan sumar más pescado a la dieta.
La comercialización es, al mismo tiempo, el gran desafío y la gran oportunidad del rubro. Barúa cita el caso de productores que vendían el pacú entero por unos G. 40.000 y que, al transformarlo en empanadas y otros productos de mayor valor agregado, llegaron a facturar hasta G. 160.000.
Los precios varían según el formato: la tilapia entera se vende al consumidor entre G. 15.000 y G. 20.000, mientras que fileteada alcanza G. 45.000 en manos de fileteadores y hasta G. 60.000 en supermercados.
La alimentación, que supo ser un cuello de botella del sector, hoy pesa menos: desde hace unos cinco años existe una marca nacional de balanceado que logra una conversión cercana a uno a uno, un kilo de alimento por un kilo de carne. Genética, tecnología, infraestructura, financiamiento y comercialización siguen, en cambio, como materias pendientes. El financiamiento específico para acuicultura, de hecho, todavía no existe en el sistema.
Asociarse para dar el salto
Para Barúa, el futuro del sector pasa por unirse. La asociatividad, sostiene, será clave para que los pequeños productores alcancen escala, mejoren su logística y accedan a mercados que hoy les quedan lejos por volumen insuficiente, reuniendo el producto necesario para abastecer ferias, supermercados y otros canales de mayor exigencia.
La piscicultura suma, además, la ventaja de integrarse con otras actividades del campo, como horticultura, producción porcina, avicultura, agricultura y arroz, una combinación que permite diversificar ingresos y sacarles más provecho a los recursos que el productor ya tiene disponibles.
