En los arrozales de las zonas bajas la mirada está puesta en el cielo. El Niño se anuncia con lluvias abundantes y, detrás de ellas, semanas de nubes.
“El arroz no depende solamente del agua”, advierte Fabián Pereira, director comercial del Grupo GPSA. El cultivo necesita una elevada cantidad de horas de luz para completar su ciclo, y ese es el factor que el productor no controla.
Agua sobra, sol escaso
El primer frente de riesgo está en los campos bajos. Las lluvias excesivas multiplican las posibilidades de inundación y anegamiento, dañan plantas y frenan las labores.
Drenajes y muros de contención reducen parte del riesgo. El problema es lo que viene con la lluvia. Más precipitaciones significan más días nublados. Con menos luminosidad, la planta tiene dificultades para completar el llenado de los granos y el rendimiento por hectárea se resiente.
A eso se suma el frente sanitario. La humedad persistente favorece las enfermedades fúngicas y obliga a sumar aplicaciones durante el ciclo. Más pasadas, más costo, con márgenes ya presionados.
La siembra contrarreloj
El calendario es el segundo cuello de botella. La mayoría de los arrozales está en terrenos bajos que drenan lento.
Según Pereira, una lluvia de unos 100 milímetros puede dejar el suelo intransitable durante cuatro o cinco días. Si vuelve a llover antes de que el terreno se oree, el reloj se reinicia y la maquinaria sigue parada.
La ventana de siembra va de mediados de septiembre a mediados de noviembre. Pasada esa fecha, cada día de atraso empieza a restar productividad.
Los números no cierran
El costo de producción ronda los US$ 1.500 por hectárea. En un año normal, el lote rinde unas ocho toneladas por hectárea. Si la falta de sol baja esa cifra a seis, el productor necesita cobrar unos US$ 250 por tonelada solo para empatar. Hoy el arroz cáscara se paga entre US$ 220 y US$ 230.
Esa brecha preocupa también por el lado financiero. Representantes del sector arrocero ya plantearon ante autoridades nacionales la necesidad de que bancos y financieras contemplen el impacto de un ciclo con exceso de lluvias a la hora de cobrar los compromisos.

Brasil en riesgo ayuda al precio
El mismo clima que amenaza el rinde puede sostener el precio. Una menor producción regional reduce la oferta y presiona las cotizaciones al alza.
Pereira señala que el mercado brasileño ya sigue de cerca ese escenario. Cerca del 80% del arroz de Brasil se produce en Río Grande do Sul, una región muy expuesta a las inundaciones.
Si la cosecha se achica, los compradores brasileños podrían recurrir con más fuerza al grano paraguayo. Brasil concentra alrededor del 80% de las compras de arroz paraguayo. Lo que pase del otro lado del Paraná se siente de inmediato en el mercado local.
Ventajas para resistir
Frente a un ciclo exigente, el manejo agronómico pasa al centro de la escena: reforzar el drenaje, controlar el nivel del agua y monitorear de cerca las enfermedades.
Pereira destaca que el arrocero paraguayo ha desarrollado capacidad de adaptación ante distintos escenarios climáticos y dispone de tecnología para afinar el manejo del cultivo.
El país tiene además una carta a favor: costos competitivos frente a sus vecinos, en buena parte por el precio de la energía que mueve las bombas de riego. En una actividad que depende del manejo permanente del agua, esa diferencia pesa en el balance.
Del arroz cáscara al blanco y US$ 500 en el camino
Más allá del campo, el sector apuesta a industrializar para capturar más valor.
El arroz sale del lote como arroz cáscara. Procesado, se convierte en integral y luego en arroz blanco, y cada paso suma valor antes de llegar al mercado.
Según las referencias de Pereira, la tonelada de arroz cáscara vale entre US$ 220 y US$ 230; la de integral, entre US$ 280 y US$ 300; y la de arroz blanco, alrededor de US$ 500. Más del doble que el grano en bruto.
En un año en que el clima puede recortar toneladas, agregar valor a cada una de ellas deja de ser una opción y pasa a ser una estrategia para defender el margen.
