La narcopolítica causa daños al país, a la población, a las instituciones y, lo más grave, pisotea principios y valores. Podríamos decir que deshumaniza porque utiliza la violencia y viola las leyes que regulan el comportamiento de las personas para una convivencia social y pacífica.
En una entrevista con el obispo emérito de San Juan Bautista de las Misiones, monseñor Mario Melanio Medina, señaló que este es un narcogobierno. Aclaró que no se puede hablar de narcoestado, porque la población forma parte del Estado y hay ciudadanos muy honrados que luchan contra la corrupción. “Pero si podemos hablar de narcogobierno”, aclaró el obispo.
Al respecto los elementos del Estado son: la población, el Gobierno o poder político y el territorio. De modo que no se puede calificar de narcoestado, porque la población mayoritaria rechaza la narcopolítica.
Algunos políticos facinerosos e inescrupulosos, desvergonzados y cínicos cimentaron la narcopolítica en el país. Por eso que en esta transición la narcopolítica entró como un eje transversal que atraviesa y corrompe las instituciones del Gobierno.
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Decía Voltaire, el filósofo francés, enciclopedista de la ilustración, que hay una diferencia entre el ladrón común y el ladrón político. El ladrón común roba tu cartera, tu dinero y joyas, etc. El ladrón político es aquel que roba tu futuro, tus sueños, tu salud y educación; tu salario, tus fuerzas y tu sonrisa.
La otra gran diferencia, según Voltaire, es que el ladrón común elige a quien robar. Pero al ladrón político vos elegís.
Podríamos decir que los políticos, salvo honrosas excepciones, roban la esperanza del pueblo paraguayo. Los acontecimientos demuestran que se trastrocaron los valores porque la política es una actividad de servicio y búsqueda del bien común.
En la práctica no se cumplen estos principios.