Convivir con el río

Las playas de Encarnación, orgullo y motor del turismo, enfrentan cada verano un desafío que vuelve a poner en tensión la relación entre naturaleza y desarrollo humano. En los últimos días, el Hospital Regional de Encarnación reportó 16 atenciones por picaduras de rayas de río, la mayoría en menores, aunque sin consecuencias graves. Al otro margen del Paraná, en Posadas, también se registró al menos un caso.

No se trata de un fenómeno nuevo ni de una invasión repentina. Las rayas forman parte del río y, durante la temporada estival, buscan aguas cálidas y poco profundas. Allí coinciden con los bañistas, y el contacto accidental suele terminar en una dolorosa picadura. El problema, entonces, no es la presencia de los peces, sino la falta de prevención y convivencia responsable.

El dilema ético es claro ¿cómo garantizar la seguridad de las personas sin atentar contra la biodiversidad? La respuesta no puede ser la eliminación de la especie. Las rayas están en su hábitat natural; los humanos somos visitantes. Exterminarlas sería un acto de violencia contra la naturaleza y un error ecológico.

La salida pasa por la educación y la prevención. Informar a los bañistas, recomendar el uso de calzado acuático, señalizar las zonas de mayor riesgo y diversificar la oferta turística son medidas que pueden reducir los accidentes sin alterar el equilibrio del río. También es clave el monitoreo científico, para comprender mejor los patrones de movimiento de estos peces y anticipar su presencia en las playas.

Encarnación tiene la oportunidad de convertirse en un ejemplo de turismo responsable. El desafío no es menor, proteger la vida humana y, al mismo tiempo, respetar la naturaleza. Pero si se logra ese equilibrio, las playas seguirán siendo un símbolo de convivencia armónica entre ciudad y río.

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En definitiva, las rayas no son enemigas del turismo. Son parte de la riqueza natural que hace único al Paraná. El verdadero reto está en aprender a convivir con ellas, porque el turismo sostenible no consiste en dominar la naturaleza, sino en integrarse a ella.

La discusión sobre las rayas debería servir para reflexionar sobre cómo concebimos el desarrollo. ¿Queremos un turismo que arrase con el entorno o uno que lo valore como parte de la experiencia? La respuesta parece obvia, pero requiere compromiso. Autoridades, ciudadanos y visitantes deben asumir que disfrutar del río implica respetarlo.

Las picaduras, aunque dolorosas, son un recordatorio de que el Paraná no es una piscina artificial, sino un ecosistema vivo. Y convivir con él exige responsabilidad. Si Encarnación logra convertir este desafío en oportunidad, podrá mostrar que es posible crecer sin perder de vista lo esencial; que la naturaleza no es un obstáculo, sino el mayor atractivo que tenemos.

sergio.gonzalez@abc.com.py