¿Y ahora qué, Venezuela?

El pasado sábado, desde bien temprano, una seguidilla de noticias sacudió a gran parte del mundo. En una maniobra militar espectacular, fuerzas norteamericanas capturan a Nicolás Maduro -literalmente- en su cama y lo transportan en cuestión de horas hacia los Estados Unidos, a buen resguardo.

Pocos días después ya vemos su imponente figura camino a declarar ante tribunales americanos por los crímenes que se le imputan. Y nadie duda de que es un quiebre histórico para Venezuela y el inicio, solamente eso, de un proceso largo, del cual fue advertido muchas, demasiadas veces.

Haciendo un repaso rápido, empecemos con que se aletargó en el poder, donde estuvo por más de una década. Gobernó Venezuela desde el 2013, casi como herencia directa de su mentor Hugo Chávez. No asumió con elecciones previas, el Comandante, en uno más de sus actos viscerales, lo señaló como su sucesor antes de morir. No fue una transición institucional, sino la continuidad de una política ya enraizada, con pocas luces y demasiadas sombras.

Por su parte, Chávez había llegado al poder en 1999, luego de ganar en elecciones nacionales apoyado ampliamente por el descontento popular generado a partir de la corrupción gubernamental. Gobernó catorce años, concentrando poder, reformando reglas y construyendo un liderazgo basado en su persona. Así, los vicios tan criticados se terminaron incorporando con aristas muy particulares, en una mezcla caribe del Estado, partido de gobierno y proyecto personal. Y largos, largos discursos…

Maduro no cambió nada, incluso apretó más el cerrojo, y con el agravante de que se le fueron cerrando las canillas de apoyo externas, empobreciendo más aún al país. Pretendió perpetuarse, desoyó alertas internas y externas, debilitó instituciones y se burló del resultado de elecciones. Ensoberbecido, verborrágico hasta el aburrimiento, apostó a su permanencia ad aeternum.

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Por el camino, renovó alianzas y buscó otras nuevas, funcionales algunas y otras no tanto. Regímenes y personajes dispuestos a respaldarlo política y económicamente, mientras se profundizaban las diferencias con los Estaos Unidos. A lo interno, se creó una división social enorme, que costará décadas revertir.

Hablar con un venezolano, incluso en el exilio, es bien difícil. Porque -lejos de cualquier lógica- muchos de ellos defienden a su gobierno. Y solamente se puede estar de un lado de la cancha: O estás con el chavismo o eres un enemigo del sistema. La polarización fue total. Esta lógica simplificadora clausuró el debate y justificó abusos (¿suena conocido verdad?). Mientras tanto, una economía prometedora se descalabraba y el día a día se hacía durísimo.

Las cifran hablan por sí mismas. No se recuerdan éxodos parecidos desde la segunda Guerra Mundial: Más de siete millones de venezolanos emigraron en forma forzosa, eso es más del 20% de la población. Huyeron de su país, dantesco.

Desde el Paraguay, debemos mirar esta historia desde la mezcla incómoda de la empatía y la sensación de alerta. También vivimos una dictadura larga. Y cuando volvió la democracia, nos quedamos con ese gusto agridulce de que no era lo esperado: cambiaron los jugadores, pero se siguió jugando en la misma cancha y con reglas muy, pero muy parecidas.

Por eso, cuidado con leer la caída de Maduro como un final. Es, por un lado, una advertencia hacia aquellos que se eternizan, sin escuchar las alertas y en medio de sociedades que ya normalizaron lo anormal.

Por otra parte, marca el inicio de otra etapa, llena de dudas. ¿Es factible hacer justicia y reconstruir instituciones, o solamente se abre un capítulo nuevo con vicios viejos? Y nos preguntamos: ¿Y ahora qué, Venezuela?