¿Qué hizo que la dictadura reinase por demasiado tiempo? ¿Nunca hubo esfuerzos para hacerla tumbar? ¿Tenía el apoyo masivo de la población? El gobierno de Stroessner, hasta pocos años antes de su caída, pasaba casi inadvertida en el mundo. Tal vez porque estuviera rodeada de dictaduras ruidosas que atraían a la opinión pública internacional. Este silencio exterior contrastaba con lo que sucedía en el interior: una activa cámara de torturas que tenía la misión de hundir, vivo o muerto, a quien se atreviera a desafiar al Gobierno; los apresamientos, confinamientos, exilios; las clausuras de medios y apresamientos de periodistas, etc. tenían el mismo propósito siniestro: imponer el silencio.
Hubo, entonces, intenciones de acabar con un sistema diseñado para acallar disenso que la dictadura presentaba como “subversivo”. En esta atmósfera opresiva, los hechos y personajes crecían y se multiplicaban por encima de la ley y la decencia. Recordemos a uno solo de esos personajes: Ramón Aquino, conocido como el garrotero de la Chacarita. Stroessner le otorgó la condecoración de “moderador de la Católica” luego de atropellar la Universidad y lastimar a profesores y estudiantes. Fue también “moderador” del Hospital de Clínicas.
Se hacía llamar “Comandante del regimiento de asalto”. Algunas de sus salvajadas: En una entrevista con el diario La Tarde, del 7 de mayo de 1986, dijo: “Tengo 52 años, ya estuve en la revolución de 1947 matando comunistas, degollando comunistas acá en los alrededores de la capital, cuando tenía 14 años”. Naturalmente, no se le investigó. Degolló solo a comunistas. En la misma entrevista, refiriéndose al ataque a Radio Ñandutí: “Yo no me voy a ir a quemar vidrios de Radio Ñandutí o a tirar piedras (…) Yo voy a ir a quemar esa radio con todo el dueño (Humberto Rubín). Ese es el agitador mayor que existe aquí en el país”.
En rigor, los agitadores estaban en el Gobierno. Sin piedad atropellaban los derechos humanos. Conocemos los nombres de las víctimas porque fueron dirigentes políticos o sociales. Figuran en el Archivo del Terror. Pero son muchas más las personas que sufrieron la brutalidad cotidiana de la dictadura sin que trascendieran sus nombres. Los dos volúmenes de mi libro Mi voto por el pueblo, de 1985, contienen casos, en apariencia anodinos, pero que expresan en toda su dimensión el drama rutinario de los ciudadanos anónimos. Encuentro, por caso, que en febrero de 1980, un señor Antebi, presidente de América Textil, despidió a medio centenar de obreros por el intento de organizar un sindicato. Los trató de “agitadores y comunistas”.
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Otro caso: En noviembre de 1982 el Delegado de Gobierno (hoy Gobernador) de Villarrica, Benito Cáceres, reunió a los vendedores de carne vacuna para amenazarlos con la cárcel en caso de ser sorprendidos vendiendo carne que no fuese del grupo que tenía la exclusividad de faenar. Los consumidores traían la carne de poblaciones vecinas por ser más barata. Para acabar con este “delito”, personal policial controlaba los accesos a la ciudad para que la población no consuma carne a precio más accesible.
Y tenemos la prostitución en Hernandarias, en la década de los 70. Las dueñas de los prostíbulos buscaban en lugares lejanos a niñas de 12, 13 o 15 años para explotarlas sexualmente. Los nombres de esas víctimas del sistema nunca se sabrán, no figuran en los archivos policiales ni judiciales.
Estos casos, y miles más, tienen que inspirarnos para apuntalar esto que llamamos democracia. Es para que no se caiga del todo.
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