En su mayoría, para no decir todos, tienen en común una muy pobre propuesta política o, en el otro extremo, promesas deslumbrantes con poca viabilidad.
Si los candidatos siguen recurriendo a campañas populistas y asistencialistas es porque evidentemente les sigue funcionando en gran medida. La esperanza es esa pequeña parte de la ciudadanía que ya no se deja llevar por estas campañas vacías ni por los colores.
Los cambios deberían comenzar por los candidatos; son ellos quienes deberán empezar a trabajar en generar conciencia ciudadana, educando a los electores para un sufragio más consciente. Lastimosamente, siguen subestimando a la ciudadanía.
Subestimar al electorado puede resultar una estrategia cómoda en el corto plazo, pero también representa un enorme riesgo para la calidad de la democracia. Cuando la política se limita a repartir promesas o pequeñas dádivas, se posterga el debate serio sobre los problemas reales de las ciudades: la planificación urbana, la seguridad, la infraestructura o la transparencia en la gestión pública.
Las campañas deberían ser el espacio para confrontar ideas, presentar proyectos viables y explicar con claridad cómo se financiarán y ejecutarán las propuestas. Sin embargo, en muchos casos se reducen a recorridos por los barrios, fotografías con vecinos y discursos cargados de frases vacías que poco aportan al verdadero debate político.
Afortunadamente, una parte de la ciudadanía comienza a mostrar señales de mayor madurez cívica. Cada vez más personas cuestionan, comparan propuestas y exigen explicaciones a quienes aspiran a ocupar cargos públicos. Ese cambio, aunque aún incipiente, puede marcar una diferencia importante en el futuro de las elecciones.
En la medida en que el electorado se vuelva más crítico y consciente, también los candidatos se verán obligados a elevar el nivel de sus campañas.
La política necesita dejar atrás el asistencialismo oportunista y apostar por propuestas serias y responsables. Solo así se podrá construir una relación más honesta entre representantes y representados, basada en el respeto a una ciudadanía que merece ser tratada con inteligencia y no como un simple instrumento electoral.
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