Javier Odilón Vera Medina. Chaqueñito. Al verlo en su curul uno se preguntaba: cómo llegó ahí. La broma de Kundera, el chiste fulminante de un humorista implacable.
Los índices apuntaron a Payo y Cruzada Nacional: su herencia maldita. Y el asombro supuró más cuando se supo que Chaqueñito sustituía en el sillón a otro fulminante: Rafael Esquivel, Mbururu, condenado a 15 años de cárcel por abuso sexual en niños.
Debido a la imposibilidad de que Mbururu asumiera, entró Chaqueñito al ruedo. ¿Pero cómo apareció Chaqueñito en el Olimpo de Cruzada?
Gracias al senador Walter Kobylanski se supo que su elección para integrar la lista senatorial de Cruzada se dio gracias a su popularidad en Facebook. Ese era su destello biográfico, el impulso a una vida que jamás soñó (nosotros tampoco soñábamos con tener un “legislador” así). De las redes a la hoguera de las vanidades.
Apenas pisó la sede del Senado, olvidó sus orígenes y a quienes le pusieron la alfombra para que llegara ahí. Las antenas de Honor Colorado captaron las debilidades del chico y lo sedujeron raudamente para que pasara a integrar “la mayoría absoluta” que aplanaba conciencias y aplastaba razones. Chaqueñito pasó a ser una chafalonía del Quincho, una joya barata que aseguraba un voto duro.
Este valor chaqueño se encontró de pronto con un poder y un dinero que jamás soñó tener. Y juntos. Y afloraron sus más juguetones demonios. De navegar en mansas aguas pluviales con mocetones vestidos de marinero, entendió que podía pasar a tener mejores “compañeros de viaje”. Que requerían una “inversión” mayor.
Poder y plata juntos son dinamita, dirían Bud Spencer y Terence Hill. La soberbia se le encendió y se manifestó con el maltrato cruel a una funcionaria del Senado. Fue el primer perdón de HC que le toleraba todo por la seguridad de su brazo levantado cuando se le requiriera.
Luego, aquel audio con Yamy Nal y su confesión: “mi voto vale 20 mil dólares”. HC lo volvió a perdonar condenándolo solo a una suspensión. Ya se tornaba insoportable para el Quincho. Además, estaba su vida privada, demasiado pública para los diospatriayfamilia. Pero era un voto seguro.
Y ahora, el golpe final del audio incendiario.
Chaqueñito es el punto donde se refleja la hipocresía total de Honor Colorado. Lo atrajeron, lo mimaron, lo toleraron a sabiendas de lo que hacía, le blindaron, lo usaron hasta que los más afinados hipócritas reventaron.
Esto me remite a aquella sentencia del estadounidense Tom Wolfe en su estupenda novela La hoguera de las vanidades: “En esta sociedad corrupta, la moralidad es un lujo que pocos pueden permitirse”.
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