¿Quiénes son trabajadores? Desde el siglo XIX eran los obreros y los empleados que prestaban servicios o ejecutaban obras para un empleador; sin embargo, hoy se produce cada vez más haciendo uso cada vez menos de mano de obra. El Art. 87 constitucional trata Del pleno empleo: “El Estado promoverá políticas que tiendan al pleno empleo”; se decía: “Las inversiones de hoy son los puestos de trabajo de mañana”, mientras crecía imparable el desempleo. Los gobiernos populistas movilizan recursos para crear empleos a cualquier precio; estiman legítimo, necesario e imprescindible crear puestos de trabajo, carecieran de cometido o de interés, o ahondasen las desigualdades; basta que existan empleos.
Se hablaba de pleno empleo, de la creación de empleo, de sub empleo, mientras el vocablo “trabajo” quedaba limitado a la expresión “condiciones de trabajo”. El cambio léxico pretende subrayar las razones por las que el empleo, entendido como manifestación concreta de la actividad humana “trabajo”, resulta esencial y, al mismo tiempo, trata de relativizar y criticar las nuevas formas que va adoptando el trabajo. El trabajo desde el siglo XIX sería una categoría antropológica que propicia la realización personal como el centro y fundamento del vínculo social. El trabajo expresaría nuestra humanidad, nuestra condición de seres finitos, creadores de valores y de seres sociales; trabajar sería nuestra esencia y nuestra condición.
Esa concepción del trabajo es el fundamento ideológico del Derecho del Trabajo que tiene protección jurídica y validez suprema en el Capítulo VIII “Del Trabajo”, Sección I, “De los derechos laborales”, de la Constitución. En ese contexto filosófico, sociológico y jurídico, tiene justificación y validez el “Día de los Trabajadores”.
La socióloga francesa Dominique Meda, en su libro “El trabajo, un valor en peligro de extinción”, se pregunta ¿“En qué medida la utopía de las sociedades basadas en el trabajo puede dar cuenta de las contradicciones que encierran hoy en día las ideas de legitimación del trabajo? Ella sostiene que las funciones que antes se asignaba al trabajo: constituir el vínculo social y propiciar el desarrollo de la persona humana, pueden también apoyarse en otro sistema, porque el trabajo no ha sido siempre el soporte de esas funciones.
En la antigüedad, el trabajo lo realizaban los esclavos, a quienes ni siquiera se consideraban seres humanos. Las sociedades primitivas no estaban estructuradas sobre el trabajo; el hombre primitivo no asume en solitario las actividades de subsistencia, ni se apropia a título individual los resultados de ellas; todo es común y para la comunidad.
Los griegos, en la antiguedad identificaban el trabajo con tareas degradantes, y en nada lo apreciaban, porque eran propias del esclavo; lo mismo pensaban los romanos, hasta que San Pablo, y luego San Agustín, comienzan a reinterpretar la Creación del Génesis, en el sentido de considerarla una obra de Dios.
El indudable que el trabajo no es una categoría antropológica, o sea, una invariante de la naturaleza humana o de las civilizaciones. Es una categoría radicalmente histórica, inventada en el siglo XVIII en respuesta al naciente liberalismo y a la primera revolución industrial, construida sobre estratos sociales. En el siglo XX el “trabajo” es el productivo, el material, el que sirve como base para el intercambio, el que produce riqueza; es decir, la actividad humana que añade valor a un objeto material; el tratarlo como mercancía conduce a una concepción materialista del trabajo.
El siglo XX ya no fue el siglo del trabajo, fue el siglo del empleo; es decir, entonces el trabajo ya no es la contrapartida a un esfuerzo realizado, sino el cauce mediante el cual se accede a la formación, a la protección y a los bienes sociales; por eso, entonces se postulaba el pleno empleo.
Fue cuando apareció el Derecho del trabajo, por impulso de las luchas obreras potenciadas por el sindicalismo; de una concepción puramente mercantil de la relación laboral se pasó a otra que consideraba al trabajador como persona, no como individuo. Pero la sociedad de trabajo dominada por el capitalismo y atada a la necesidad, ahora ya olvida el valor de la libertad y de la justicia social; se cae en la trampa del consumismo y el retroceso al individualismo; solo sabemos actuar consumiendo; en este tiempo el ser humano se va mutilando hasta perderse (Hannah Arendt). El trabajo significa para las sociedades modernas mucho más que una relación social, mucho más que un mecanismo para la distribución de la riqueza, o para adquirir y potenciar el poder. Lo que se impone es romper el hechizo y desencantar el trabajo, porque el capitalismo es la forma más seductora y perversa de la condición humana; no es como dice el liberalismo, el modo más excelso de “civilizar” el mundo.
El golpe de muerte al trabajo ahora lo va dando la tecnología, y muy especialmente la inteligencia artificial (IA), que eliminan del mercado laboral, diariamente, a miles de personas arrojadas a las garras de la desocupación, con sus trágicas secuelas. La transformación digital del trabajo dependiente, según Eduardo Pérez Avid, también “ha modificado la forma en que se ejerce el poder en la relación laboral, pero no ha alterado la razón de ser del Derecho del Trabajo. El verdadero desafío no es tecnológico, sino jurídico, ético y social. La IA debe estar al servicio del trabajo humano y no el trabajador sometido a decisiones opacas e inapelables. Cuando el poder patronal cambia de forma, el Derecho debe cambiar de estrategia, pero jamás de principios”
En Paraguay, de la desocupación se salvan los empleados y funcionarios públicos que mantienen sus cargos con altos salarios, protegidos por la política partidaria convertida en un subproducto de la economía y en un instrumento de dominación, de coerción y de manipulación de las personas.
En síntesis: el 1 de mayo es día para conmemorar, pero no para festejar.
