Cien años de conectividad

Hace cien años, mi bisabuelo partió en un camión Ford para recorrer una ruta sinuosa desde Asunción hasta Concepción. La expedición, de más de 1.600 kilómetros, culminó 38 días después en el norte del país.

Aunque existían caminos más directos, el “raid”, como se llamaba, no buscaba llegar lo antes posible, sino atravesar distintos departamentos y zonas productivas del interior para mostrar el potencial de una industria automotriz aún incipiente.

Junto a sus socios, mi bisabuelo abordó el camión Modelo TT, de mayor capacidad de carga que el popular T, para dirigirse hacia los pueblos de Cordillera, Paraguarí y Caaguazú. En cada parada, el grupo pasaba la noche conversando con lugareños sobre el estado de las rutas y las dificultades del trayecto.

Tras cruzar el este del país, llegaron a la frontera brasileña y continuaron al norte, pasando por Pedro Juan Caballero. Desde allí bordearon el río Apa antes de doblar hacia el sur para el último tramo en busca de Concepción.

Para mi bisabuelo, quien en ese entonces lideraba una empresa que importaba algunos de los primeros vehículos Ford al Paraguay, el recorrido serpenteante era, en parte, una campaña de marketing. Buscaba demostrar que la marca norteamericana podía abrir camino en la tierra colorada, desde las trampas de barro que se formaban tras cada lluvia hasta los montes espesos y arroyos sin puente.

Pero la expedición representaba algo más, la convicción de que el transporte moderno y una red vial podían integrar regiones aisladas, facilitar la salida de productos locales —la yerba del Amambay, la madera de Alto Paraná— y activar el comercio de un país que aún intentaba reconstruirse tras la guerra de la Triple Alianza.

Ha pasado un siglo, pero hoy Paraguay sigue enfrentando el desafío de insertarse en los mercados regionales y globales.

En algunos aspectos, el país es irreconocible. ¿Qué pensaría mi bisabuelo al ver el corredor bioceánico que atraviesa el Chaco rumbo al Pacífico, o los nuevos puentes que cruzan los ríos Paraguay y Paraná? ¿Cómo interpretaría la sofisticación logística del sector agroindustrial que hoy define gran parte de la economía nacional?

Seguramente sentiría admiración por el progreso alcanzado, desde el avance vial hasta la expansión de la industria automotriz y el dinamismo del sector exportador. Aun así, reconocería algo familiar. La conectividad sigue siendo uno de los grandes desafíos del país.

Tal vez la diferencia más notable es que esa conexión ya no depende únicamente de caminos, puentes o puertos. También circula a través de datos y electricidad. El flujo de información y servicios digitales reduce, en parte, las desventajas de la mediterraneidad, pero al mismo tiempo exige nuevas inversiones en infraestructura energética, fibra óptica y potencia computacional.

Pero también permanece otro debate de fondo anticipado por ese viaje del camión Ford: cómo alinear la infraestructura pública, el empresariado nacional y el capital extranjero para impulsar el crecimiento económico.

Como escribió uno de los socios del viaje, “En todas partes por donde hemos cruzado, sentimos palpitar el noble deseo, las ansias infinitas de tener buenos caminos. Están esperando que el gobierno de la república o alguna empresa particular, con clara visión del porvenir, inicie las obras de vialidad para transportes mecánicos cuanto antes.”

En 1926, mi bisabuelo cruzó el Paraguay imaginando una nueva economía de la movilidad. Esa aspiración de un país más conectado y productivo ha avanzado enormemente, aunque no se ha concretado del todo. Las rutas cambian de forma, sean físicas, energéticas o digitales, y la pregunta de cómo integrarse en la economía del futuro persiste.

*Asociado senior con McLarty Associates, consultora global en Washington, DC