Todo el mundo recuerda el año, el partido y el nombre del que metió gol en contra, el que ejecutó mal un penal o al que le entraron muchos goles. Eso queda grabado a fuego en la memoria. Mientras, los nombres de quienes nos roban, se enriquecen y multiplican su fortuna en el ejercicio público, poderosos y autoridades haciendo negociados, se olvidan con el paso de apenas semanas y meses.
Del capítulo de lecciones aprendidas en este Mundial, quizá esta sea una buena oportunidad para hacer dos cosas: entender que en el fútbol también existen los fracasos deportivos, incluso cuando llegan de forma inesperada, por debilidades propias o fortalezas ajenas. Y dos, aplicar algo de esta intolerancia a las derrotas a los casos de injusticias que terminan fagocitadas por el olvido y la impunidad.
Nos olvidamos de los protagonistas de las corruptelas prontísimo; todo se convierte en un recuerdo… menos los errores de nuestros futbolistas.
Gran parte de las vulnerabilidades de nuestra república tienen que ver con estas desmemorias. Casos de impunidad, corrupción de fondos públicos, abuso de poder, negociados desde el gobierno o manipulación institucional desaparecen del debate público con una velocidad que jamás les concedemos a los errores deportivos.
En este capítulo de materias por aprender, también es una buenísima oportunidad para compartir dos ideas planteadas por el colega Bernardo Nery Farina y el arquitecto Hermann Pankow: una de ellas, la apropiación por parte del deporte de rasgos distintivos de nuestra historia durante auténticas guerras. Arropados por el éxito, la presidencia del Paraguay hasta ha regalado una réplica del sable del Mariscal López, un símbolo patrio cuyo peso histórico trasciende largamente el fútbol.
En esta misma línea, no se puede dejar de apuntar lo mucho que estamos naturalizando nuevas formas de juntar deporte y política. Se está permitiendo a sectores políticos embanderarse con los triunfos deportivos olvidando la unidad nacional por encima de la propaganda.
Sigamos apostando por saber caernos y levantarnos, en la cancha y en la vida ciudadana. Los goles en contra los recordamos para siempre. Las injusticias apenas unos meses... Tal vez ahí esté una de nuestras auténticas derrotas más persistentes.
Hoy, como ayer, ¡vamos Paraguay, carajo!!
