Y no hace falta ser adivino para saber cuál de los dos eventos va a ocupar las conversaciones, las pantallas y la energía colectiva del país ese día. En un Paraguay tan futbolero como el nuestro, es muy probable que la jornada inaugural de una cumbre que define buena parte de nuestra política comercial regional pase casi desapercibida, eclipsada por noventa minutos de pelota en Boston.
El 30 de junio, ya con la fase técnica cerrada, se realizará la Cumbre de Jefes de Estado del Mercosur y Estados Asociados en el Centro de Convenciones de la Conmebol, marcando el cierre de la presidencia pro tempore de Paraguay, que transferirá el mando del bloque al presidente uruguayo, Yamandú Orsi. Siete jefes de Estado ya confirmaron su asistencia, habrá banderas, discursos, fotos protocolares y, como cada vez, la promesa de que esta cumbre sí será diferente.
En la agenda hay temas que importan de verdad. Se discutirán los acuerdos comerciales y la agenda comercial del bloque, incluyendo los avances del acuerdo entre el Mercosur y Japón y seguirá sobre la mesa la implementación del histórico pacto con la Unión Europea, que entró en vigencia provisional este año y que sigue generando fricciones puntuales, como las cuotas para la exportación de carne. Para Paraguay, que vive y respira de su sector agroexportador, cada punto porcentual de esas cuotas es plata, empleo, divisas. No es un detalle técnico de cancillería: es el bolsillo de miles de productores y trabajadores.
Pero más allá de la agenda de esta cumbre puntual, hay preguntas que son ineludibles: después de treinta y cinco años de Tratado de Asunción, de decenas de cumbres, de cientos de reuniones técnicas, ¿qué tenemos para mostrar realmente? ¿Cuánto del proyecto original de mercado común se cumplió? La respuesta incómoda es: bastante menos de lo que debería.
El Mercosur nació en 1991 con la ambición de construir una zona de libre circulación de bienes, servicios y personas, algo parecido a lo que fue construyendo trabajosamente la Unión Europea desde la posguerra. Décadas después, ni siquiera tenemos fronteras integradas de verdad. Cualquiera que haya cruzado el puente hacia Argentina o Brasil sabe que la “libre circulación” sigue siendo, en la práctica, una fila, un control aduanero, una espera. Mientras un ciudadano europeo cruza de Francia a España sin que nadie le pida el documento, en nuestra región seguimos discutiendo armonizaciones arancelarias tres décadas después de haber firmado el tratado fundacional.
Y sin embargo, el potencial que tiene esta región sigue intacto, esperando ser aprovechado con seriedad. Tenemos en nuestras manos activos que cualquier bloque del mundo envidiaría: la represa de Itaipú, la Entidad Binacional Yacyretá, una hidrovía que podría convertirse en una de las arterias comerciales más eficientes del planeta, y el proyecto del Corredor Bioceánico, que promete conectar el Atlántico con el Pacífico y abrir una salida directa hacia los mercados asiáticos. Cada uno de estos proyectos, tomado en conjunto y con una visión regional genuina, podría transformar al Mercosur en un verdadero polo energético y comercial para el mundo, pero seguimos tratándolos como proyectos nacionales aislados, negociados a media máquina, sin la articulación conjunta que los volvería verdaderamente estratégicos.
Que Asunción reciba esta semana a presidentes, cancilleres y empresarios de medio mundo es, sin duda, una buena vidriera para el país. Pero la verdadera prueba de esta cumbre, como de todas las anteriores, no se va a medir en la cantidad de banderas izadas frente a la Conmebol, sino en sí, dentro de 5 o 10 años, finalmente podemos hablar de un Mercosur que integra de verdad y no de un bloque que se reúne mucho y avanza poco. Mientras tanto, el lunes, casi todos vamos a estar mirando para otro lado: hacia Boston.
