Los contrastes de Piribebuy

Piribebuy tiene sobrados motivos para sentirse orgullosa. Es una ciudad marcada por la historia, la cultura y la identidad de un pueblo que supo conservar sus tradiciones a pesar del paso del tiempo. Su nombre está ligado a la heroica Batalla de Piribebuy, uno de los episodios más dolorosos de la Guerra de la Triple Alianza, pero también a expresiones culturales únicas como el Poncho Para’i de 60 Listas, símbolo del trabajo de sus artesanas y del legado que distingue a esta comunidad.

Sin embargo, mientras la ciudad se prepara para recordar sus 157 años de historia y mostrar al país su riqueza cultural, una parte fundamental de esa memoria permanece en un estado lamentable: el histórico templo Dulce Nombre de Jesús, conocido como Ñandejára Guasu.

El templo, que durante generaciones fue un símbolo de fe, encuentro y pertenencia para los pobladores de Piribebuy, hoy evidencia el abandono y la falta de acciones concretas para su recuperación. Sus estructuras deterioradas, el desgaste visible y el paso del tiempo sin una intervención adecuada, muestran la triste realidad de un patrimonio que debería ser protegido y valorado.

Resulta una contradicción que una ciudad que se enorgullece de su historia permita que uno de sus monumentos más importantes siga deteriorándose frente a la mirada de las autoridades. Mientras se realizan actos conmemorativos para recordar el pasado heroico de Piribebuy, un pedazo de esa misma historia permanece olvidado, esperando una respuesta que no llega.

No se trata solamente de un edificio antiguo. El templo Ñandejára Guasu representa la memoria de generaciones enteras, la identidad religiosa y cultural de un pueblo, y forma parte del patrimonio que cuenta quiénes somos. Dejar que se pierda por falta de mantenimiento y compromiso es también dejar que una parte de la historia desaparezca.

Piribebuy tiene una comunidad que conserva con orgullo sus tradiciones, que mantiene viva su cultura y que demuestra cada año el valor de sus raíces. Pero ese esfuerzo no puede recaer únicamente en su gente. Las autoridades tienen la obligación de proteger los bienes históricos y evitar que sigan convirtiéndose en ruinas ante la indiferencia.

Una ciudad que honra a sus héroes, que defiende su cultura y que abre sus puertas a visitantes, merece que sus símbolos sean cuidados. Ñandejára Guasu no necesita más promesas ni homenajes; necesita acciones urgentes antes de que el abandono termine venciendo a la historia.

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