Recuerdos ahogados

Este domingo se conmemora el centenario de la mayor catástrofe natural registrada en la historia de nuestro país, que azotó a la entonces Villa Encarnación el 20 de septiembre de 1926, cobrándose entre 300 y 400 vidas y destruyendo más de 500 viviendas en la Villa Baja. La reflexión sobre la identidad encarnacena vuelve a cobrar vigencia.

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Aquel trágico evento puso a prueba la resiliencia de la sociedad paraguaya y movilizó un esfuerzo histórico de socorro desde la capital y desde el extranjero. Sin embargo, décadas más tarde, otro fenómeno alteró para siempre el paisaje y el tejido social de la capital de Itapúa, tras el llenado del embalse de la hidroeléctrica de Yacyretá.

En contrapartida, el emprendimiento hidroeléctrico dotó a la región de infraestructura moderna, avenidas costaneras e importantes obras de defensa hídrica. La cota final del embalse, a 83 metros sobre el nivel del mar, conllevó la inundación definitiva y la erradicación del casco histórico originario de Encarnación. Bajo el espejo de agua del río Paraná no solo quedaron cimientos de ladrillo y paredes; quedó sepultado el núcleo identitario, social y arquitectónico de toda una comunidad.

La pérdida en materia cultural fue profunda e irreversible. En primer lugar, se extinguió la arquitectura patrimonial propia de la antigua “Villa Baja”. Barrios históricos de arraigado tejido comunitario, comercios tradicionales que databan de finales del siglo XIX y principios del XX, así como recintos de la arquitectura colonial e industrial ligados al puerto fluvial, fueron demolidos o sumergidos por las aguas del embalse. Incluso, las edificaciones que soportaron aquel tornado hoy permanecen en lo profundo, ahogadas. En segundo lugar, el crecimiento del nivel del río Paraná alteró la relación simbólica y cotidiana de Encarnación con su puerto original. La dinámica del río Paraná como eje comercial, migratorio y de intercambio cultural con la vecina ciudad de Posadas —protagonista en 1926 al enviar auxilio inmediato a través del sacerdote José Kreusser y el masón Jorge Memmel— mutó hacia un modelo urbano volcado al turismo de playa.

Asimismo, provocó la dispersión y relocalización forzosa de miles de familias de la zona baja. Con este desplazamiento se fracturó el patrimonio cultural inmaterial. Las memorias orales transmitidas de generación en generación, las fiestas patronales comunitarias, la gastronomía popular ribereña y las formas de vecindad costera se fragmentaron al reubicarse a los pobladores en conjuntos habitacionales periféricos y distantes entre sí.

La Encarnación contemporánea destaca por su pujanza, su arquitectura vertical y su atractivo turístico regional. No obstante, el desarrollo hidroeléctrico cobró una factura cultural alta. Recordar hoy las sombras de la tragedia de 1926 no solo debe servir para prevenir riesgos climáticos en tiempos de fluctuaciones meteorológicas globales, sino también para no olvidar la otra gran transformación urbana de la ciudad.

sergio.gonzalez@abc.com.py