Vayan a mi viña

Jesús cuenta la parábola de los obreros invitados a trabajar en la viña, que, sin embargo, enseña de modo fascinante la generosidad del propietario.

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El dueño de la viña sale a contratar trabajadores de madrugada, con quienes acuerda el pago de un jornal. Sale a media mañana, a la siesta, por la tarde y, en fin, en distintos horarios, y hace con ellos dos acuerdos: «Vayan a trabajar en mi viña y yo les pagaré lo que sea justo».

A la hora del pago, los que llegaron a la última hora reciben un jornal. Los que habían comenzado a trabajar desde la primera hora esperaban cobrar más, pero reciben también un jornal. Entonces reclaman, pero el dueño les aclara que ese había sido el trato: que tomen lo suyo y se vayan sin murmurar.

El texto presenta dos preguntas incómodas para nuestros criterios humanos, que suelen ser tan mundanos: «¿No tengo el derecho de disponer de mis bienes como me parece? ¿Por qué tomas a mal que yo sea bueno?».

Este Evangelio está lleno de hermosas lecciones que tendríamos que traducir en obras concretas.

En primer lugar, el Señor invita a todos: «Vayan a trabajar en mi viña». Todos somos convocados y debemos sentirnos comprometidos con la construcción de un mundo mejor, más justo y sin corrupción impune: eso es construir el Reino de Dios. No es sano que andemos desocupados por las plazas, los cibercafés y, a veces, los shoppings, enterrando nuestros talentos y faltando a la caridad.

Asimismo, no hay una hora determinada para recibir la propuesta de Dios: tenga uno diez años, veinte, cincuenta o setenta, el dueño de la mies llama a esta tarea. No es justo negarse a colaborar con Aquel que, durante toda la vida, ha colaborado con nosotros. También es feo mentir declarando: «No tengo tiempo».

Además, el Señor sabe que muchas veces nos movemos cuando hay una recompensa y, por ello, asegura: «Les pagaré lo que sea justo». La justicia de Dios va unida a una insospechada generosidad, pues nos concede mucho más de lo que merecemos.

La cuarta enseñanza es no querer juzgar cómo Dios trata a los demás, pensando que Él debe actuar como a mí me parece mejor. Él es el Señor, infinitamente sabio y justo. ¿Acaso Él no puede disponer de su misericordia como le parezca mejor?

Lo que realmente tenemos que hacer es actuar como discípulos y misioneros, asumiendo nuestro trabajo en la viña del Señor y realizándolo de manera noble con los valores morales del Evangelio.

Paz y bien

hnojoemar@gmail.com