La suerte

Desde la más remota antigüedad los seres humanos elaboraron una amplia gama de recursos para tratar de controlar los caprichos de la suerte. Están las creencias que difunden la idea de que el destino del ser humano ya está escrito y hay muy pocas posibilidades de modificar, y también las que aseguran que todas las personas son dueñas de su rumbo y propósito.

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Tal vez sea también la curiosidad, el interés por descorrer el velo del misterio lo que subsiste y consigue que todavía haya gente que cree en las veleidades de la suerte, en los tiempos de la IA.

Por ejemplo, en los países católicos, algunos viajeros todavía tienen sus medallas de San Cristóbal, y en el Oriente muchas personas llevan consigo amuletos protectores o cintas de algodón de la buena suerte atadas a sus muñecas.

Por su parte, la tradición popular dice que un amuleto protege del peligro, mientras que un talismán atrae un beneficio particular a quien lo lleva. Parece que la ciencia con todos sus argumentos racionales, está lejos de proporcionar el apoyo psicológico que brindan estos objetos a la hora de afrontar situaciones difíciles cargadas de temor y ansiedad. Entre la realidad y la fantasía, estos objetos funcionan porque la realidad que la fe que se deposita en ellos, pone en marcha las insospechadas cualidades de la mente humana, que la mayoría de las veces están bloqueadas por el miedo o el escepticismo.

Séneca y Voltaire se refieren a la suerte como lo que sucede cuando el conocimiento se encuentra con la oportunidad. No es un mero accidente, sino el resultado de estar listo para aprovechar un momento favorable. Una persona muy racional diría que llamamos suerte, buena o mala, a todas aquellas cosas que no podemos predecir, controlar o explicar. Hablamos de la suerte cuando no toleramos la incertidumbre o las consecuencias de vivir una vida plena, una vida en la que entendemos que suceden cosas que se escapan a nuestro control.

Según la BBC, El psicólogo Richard Wiseman (Universidad de Hertfordshire) estudió a cientos de personas durante años y concluyó que la suerte no es una fuerza mágica, sino el resultado de patrones de comportamiento. Las personas que se consideran afortunadas comparten ciertos principios clave. Son más abiertas a los cambios, rompen la rutina y reducen el miedo a explorar. Toman decisiones basadas en corazonadas y en su propia experiencia interna. Creen que les irá bien, lo que fomenta una actitud de perseverancia (profecía auto cumplida) y transforman los eventos adversos en aprendizajes en lugar de hundirse en la frustración.

La suerte y el azar no existen, sostenía Albert Einstein, y aquello que las personas llaman casualidad es simplemente el reflejo de la ignorancia o la incapacidad humana para comprender las causas profundas de un suceso. Una conclusión a la cual los sabios de todos los tiempos han llegado, es que contar con suficiente auto confianza es el mejor de los talismanes para atraer la buena suerte.