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No son traidores: nunca tuvieron principios que traicionar

La historia de la humanidad está marcada por grandes traiciones que modificaron el destino de imperios, gobiernos y naciones. Desde la antigua Roma, la deslealtad fue considerada una de las conductas más despreciables, especialmente cuando respondía a intereses personales. Sin embargo, no toda ruptura de una alianza constituye una traición, como tampoco todo cambio de posición política responde a una transformación de principios.

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Una antigua expresión, atribuida a la tradición romana, sostiene que “Roma no paga a traidores”. Su origen se relaciona con la muerte de Viriato, caudillo lusitano que combatió a las legiones romanas durante el siglo II antes de Cristo traicionado por hombres de su confianza a cambio de una recompensa romana, sus asesinos acudieron a reclamar el pago prometido. La célebre respuesta atribuida a Roma fue: “Roma no paga a traidores”.

Aunque la expresión pertenece a la tradición histórica y su literalidad parece es discutida, encierra una enseñanza que ha sobrevivido durante siglos: quien vende su lealtad por conveniencia difícilmente merece la confianza de aquellos a quienes comienza a servir. Que no lo olviden quienes hoy celebran y premian esas deserciones: quien fue capaz de vender su lealtad ayer, volverá a hacerlo mañana, apenas encuentre un mejor postor. Porque quien hace de la conveniencia su único principio no tiene lealtades que respetar, sino intereses que satisfacer.

La historia también recuerda a Bruto, partícipe del asesinato de Julio César, quien lo había protegido y favorecido políticamente, y a Joseph Fouché, político francés que supo acomodarse –aquí tenemos a muchos– a sucesivos regímenes, convirtiéndose en uno de los ejemplos más representativos del oportunismo político.

Pero existe una diferencia fundamental entre la traición y el oportunismo que merece ser analizada, especialmente cuando observamos la realidad política paraguaya.

En nuestro país es frecuente, prácticamente normal, ver a determinados dirigentes –así se llaman y se presentan– cambiar de movimiento, de sector político y hasta de partido, según dónde encuentren mayores posibilidades de obtener cargos, influencias, privilegios o beneficios particulares.

Quienes ayer proclamaban fidelidad incondicional a un líder, –es un decir eso de líder, ya que el liderazgo se construye, no se compra, menos aún se alquila– hoy aparecen abrazados a sus adversarios. Aquellos que defendían apasionadamente determinadas posiciones al líder, mañana lo condenan con idéntico entusiasmo.

Lo más llamativo –también es un decir, nada puede llamar la atención en estos sujetos– es que estos cambios rara vez vienen acompañados de una explicación doctrinaria seria o de una sincera revisión de sus convicciones. Es que no cambian de ideas, cambian de conveniencia.

A estos personajes generalmente se los califica de traidores. Sin embargo, considero que esa denominación no siempre resulta apropiada. No son traidores. Son, sencillamente, oportunistas.

Para traicionar principios es necesario haberlos tenido alguna vez. Para quebrantar una lealtad moral es preciso que esa lealtad haya existido verdaderamente. ¿qué principios puede traicionar quien nunca tuvo otros que sus propios intereses?

El oportunista político no reconoce fidelidades permanentes. Su verdadera lealtad no está dirigida a una doctrina, a un partido ni mucho menos al pueblo. Su fidelidad está exclusivamente comprometida con sus conveniencias personales.

De allí nace otro fenómeno igualmente lamentable de nuestra política: el servilismo.

Existen dirigentes cuya conducta parece reducirse a agradar al poderoso de turno. Ayer servían sumisamente a un caudillo; hoy rinden idéntica pleitesía a quien lo desplazó. Mañana estarán dispuestos a servir al siguiente, siempre que ello les garantice conservar sus privilegios. No discuten ideas, no defienden convicciones y difícilmente cuestionan las decisiones de quienes pueden favorecerlos. Su aparente lealtad no es otra cosa que subordinación interesada.

Lo verdaderamente preocupante es que estas conductas terminan siendo toleradas y, en ocasiones, hasta premiadas dentro de las propias estructuras políticas.

Así, la política deja de ser una confrontación de ideas y proyectos para convertirse en un mercado de adhesiones, donde las convicciones se negocian y las lealtades tienen precio. Es que todo para estos tiene precio.

Sin embargo, no todo cambio político constituye una conducta reprochable. Apartarse de un dirigente por razones de conciencia, por discrepancias doctrinarias o por fidelidad a los principios puede ser un acto de integridad.

Lo censurable y hasta despreciable es cambiar de bando exclusivamente porque desaparecieron los beneficios o porque otro sector ofrece mejores oportunidades personales. Nada de esto es raro en el mundo político de nuestro medio. Lo raro es que se aparten por principios.

Resulta lamentable que una actividad tan noble como la política, destinada a servir al bien común, termine siendo utilizada por algunos o para mejor por todos los políticos, en particular de la ANR –los seudoliberales no se quedan atrás– como un instrumento de enriquecimiento, figuración y provecho particular.

Por eso, cuando vemos a ciertos personajes desplazarse de un sector a otro, ofreciendo su adhesión al poderoso de turno, convendría ser más precisos en nuestras expresiones. No estamos frente a una traición, estamos frente al oportunismo de quienes jamás tuvieron convicciones que defender y esto porque el traidor abandona una lealtad; el oportunista nunca tuvo otra que la conveniencia. No se pregunta qué principios debe defender, sino qué sector le ofrece mayores posibilidades. El oportunista no reconoce amistades ni enemistades definitivas. Sus adhesiones duran exactamente lo que dura su utilidad. Las convicciones se vuelven negociables y la pertenencia política se transforma en una mercancía puesta en venta o alquiler.

Porque en este vergonzoso mercado de lealtades, donde las conciencias se alquilan y las convicciones se venden al mejor postor, no faltan quienes están dispuestos a arrodillarse ante cualquier poderoso con tal de no perder sus privilegios. Y lo más lamentable es que muchos de estos personajes, que utilizan la política como un negocio y la dignidad con una mercancía, todavía pretenden presentarse ante la ciudadanía como hombres de principios. No son hombres de principios: son comerciantes de conveniencias, cuya lealtad dura exactamente lo que dura el beneficio que reciben. Cuando el negocio se termina, también se termina su lealtad.

Mientras la política paraguaya siga premiando el servilismo por encima de la dignidad, la obediencia interesada por encima de los principios y el provecho personal por encima del bien común, seguiremos viendo cambiar los rostros y los bandos, pero no las conductas.

En definitiva, no cambian de ideales porque nunca los tuvieron; simplemente cambian de patrón cuando descubren quién paga mejor, más aun cuando que siempre habrá algún poderoso dispuesto a comprarlos o alquilarlos.

aamonta@gmail.com

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