Aquella mañana, el sueño le ganó la partida a la responsabilidad y me soltó cuando ya era muy tarde para llegar al trabajo. Mi estupor vespertino me impidió notar a la extraña que me miraba desde el espejo y, luego de la fugaz ducha, salí de casa tan rápido que no hubo tiempo ni para saludar al perro.
El único momento en el que recordé a la desconocida fue cuando sentí mi rostro desnudo. La consciencia de que mis labios eran de un rosa demasiado pálido, mis mejillas mostraban los vestigios de la adolescencia y el acostumbrado delineado felino no engalanaba mis ojos, me señalaba el inevitable futuro: sería transparente ante mis alumnos.
Al caminar por mi barrio, con el rostro maquillado de inseguridad, me percaté de la presencia de personas que nunca antes había visto. El hombre que vive en la esquina de mi casa se encontraba barriendo el patio, tal y como era costumbre, pero su rostro mostraba a un sujeto ampliamente distinto al que yo conocía mientras, a un costado, un colorido pedazo de tela yacía en el piso.
Ya en el bus, advertí paños iguales sobre el volante del chofer, en las piernas de los pasajeros y en el pasillo. Todos estos extraños retazos tenían tonos diferentes entre sí y parecían corresponder, según su color específico, a personalidades brillantes u oscuras. Sin embargo, la inusual belleza de sus diversos matices unía estas telas, como si fueran partes de algún rompecabezas elaborado por un artista.
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Aún me debatía entre el embarazoso sentimiento de estar expuesta y la intriga por aquellos paños coloridos, cuando llegué al colegio; no era tan tarde como esperaba, pues todos se encontraban en la formación. Aunque, al principio, esto fue tranquilizador, el sentimiento no duró, pues parecía que más extraños se habían adueñado de las vidas del plantel directivo y de los docentes.
Ninguna de las personas que saludé me eran familiares, pese a que podía reconocer sus voces. Pensé que, tal vez, eran problemas visuales o una mala jugada de mi imaginación; supuse que debía haber alguna explicación para esto y que la cuerda de la locura ya me había amarrado cuando, al mirar a los niños, la esperanza volvió: los estudiantes de cursos inferiores seguían siendo ellos mismos.
Me acerqué a los chicos del tercer grado, mis alumnos, y adopté una postura firme para entonar los primeros versos del himno de la institución. Me sentía confiada cerca de ellos, me parecían lo único real que, en ese momento, existía en el mundo.
Las horas de clase se me hicieron interminables y el cansancio solo conseguía atenuar la inseguridad producida por el hecho de que las personas vean mis defectos al desnudo. Así que recibí la campana de salida, a las cinco de la tarde, con mi máxima expresión de felicidad.
Caminé, cabizbaja, hasta la parada del colectivo. Una vez dentro del bus, me dirigí al fondo del transporte público, planeando evitar el contacto visual con cualquiera y, al mismo tiempo, ansiando la base, el rimel y el labial que había olvidado en la mesita de noche.
Como un trompeteo en mis oídos, perturbando mi placentera soledad, escuché la voz de una joven que se dirigía a mí, al tiempo que ocupaba el asiento vacío a mi izquierda. “¿Vos también te cansaste de traer puesta la máscara?, ¿ya experimentaste la paralizante realidad que ocultan nuestros alteregos?”, preguntó con una sonrisa cómplice.
Por Belén Cuevas (17 años)
