En consultorios y búsquedas en internet, la preocupación por una erección débil o intermitente no es exclusiva de los mayores. Cada vez más hombres menores de 40 años acuden por problemas de desempeño sexual.
Aunque el estrés, la ansiedad y la presión por “rendir” siguen siendo factores frecuentes, especialistas subrayan que en una porción relevante de casos hay enfermedades orgánicas detrás, muchas de ellas silenciosas y potencialmente tratables.
Más que un “bloqueo”: el lado médico de la disfunción
La disfunción eréctil (DE) se define como la dificultad persistente para lograr o mantener una erección suficiente para la actividad sexual.

En hombres jóvenes suele infradiagnosticarse por el peso de lo psicológico, pero la evidencia muestra que causas físicas no son raras en este grupo.
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De hecho, una erección débil puede ser la primera señal de alteraciones hormonales, metabólicas o vasculares.
“En varones jóvenes, la DE puede funcionar como un aviso temprano de problemas cardiovasculares o endocrinos que aún no dan la cara con otros síntomas”, señalan urólogos y endocrinólogos consultados con frecuencia sobre el tema. Por eso, insisten, vale la pena explorar más allá de la explicación inmediata del “nerviosismo”.
Las enfermedades que pueden estar detrás

- Endocrinas y hormonales. Bajos niveles de testosterona (hipogonadismo), hiperprolactinemia y trastornos tiroideos (hipo o hipertiroidismo) interfieren con el deseo y la respuesta eréctil. La apnea del sueño, frecuente en jóvenes con sobrepeso, también se asocia a caídas de testosterona y disfunción endotelial.
- Metabólicas y cardiovasculares. La resistencia a la insulina, la prediabetes y la diabetes tipo 2 dañan nervios y vasos sanguíneos. La hipertensión arterial y la dislipidemia (colesterol y triglicéridos elevados) alteran el flujo sanguíneo en el pene. Aun en varones de 20 o 30 años, la DE puede ser un marcador temprano de disfunción endotelial y riesgo cardiovascular futuro.
- Neurológicas. Lesiones medulares, secuelas de traumatismos pélvicos, esclerosis múltiple y neuropatías periféricas pueden afectar las vías nerviosas que conducen la excitación al tejido eréctil.
- Urológicas y anatómicas. La enfermedad de Peyronie (curvatura adquirida del pene por placas fibrosas) y secuelas de cirugías o fracturas peneanas dificultan la rigidez. La prostatitis crónica y el síndrome de dolor pélvico crónico pueden interferir por dolor e inflamación.
- Salud mental y fármacos. Ansiedad de desempeño, depresión y trastornos del sueño impactan la erección. Antidepresivos ISRS, antipsicóticos, algunos antihipertensivos y finasteride/dutasteride pueden reducir la respuesta sexual. El consumo de tabaco, alcohol en exceso y drogas recreativas también empeoran la función eréctil.
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Importa subrayar que con frecuencia coexisten varios factores: un joven con estrés laboral, tabaquismo y colesterol elevado puede presentar DE multifactorial.
Una señal que puede anticipar riesgo cardiovascular
Varios grupos de investigación han documentado que la DE puede preceder en años a eventos cardiovasculares mayores.

La explicación: las arterias del pene son más pequeñas y “acusan recibo” antes que las coronarias de los efectos del tabaquismo, la hipertensión o la hiperglucemia.
Por ello, guías clínicas recomiendan que, ante DE en hombres jóvenes, se evalúen presión arterial, peso, perímetro de cintura, glucosa y perfil lipídico, además de un cribado básico hormonal cuando hay sospecha.
Cómo se estudia y qué opciones existen
La evaluación suele iniciar con una historia clínica completa (hábitos, medicamentos, salud mental y sexual), examen físico y análisis de laboratorio orientados (glucosa, hemoglobina glicosilada, lípidos, testosterona total matutina, TSH y, según el cuadro, prolactina).
En casos seleccionados, pruebas como ecografía Doppler peneana o estudios del sueño ayudan a precisar el diagnóstico.
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El tratamiento depende de la causa:
- Corregir la base orgánica. Controlar la presión arterial, el azúcar y los lípidos; tratar alteraciones tiroideas o de prolactina; abordar la apnea del sueño; rehabilitar lesiones urológicas; ajustar fármacos que afecten la función sexual cuando sea posible.
- Terapias específicas. Inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5 (como sildenafil o tadalafil) han demostrado eficacia y seguridad en muchas situaciones, bajo supervisión médica. Hay alternativas como terapia psicosexual, dispositivos de vacío, inyecciones intracavernosas y, en casos anatómicos severos, cirugía.
- Salud mental y estilo de vida. Dejar de fumar, reducir alcohol, mejorar el sueño, hacer actividad física y manejar el estrés ofrece beneficios dobles: mejora la función eréctil y reduce el riesgo cardiometabólico. La terapia cognitivo-conductual y la educación sexual ayudan a romper círculos de ansiedad y anticipación del fracaso.
Especialistas advierten contra la automedicación y las “soluciones” en internet: suplementos sin respaldo, fármacos falsificados y dosis inadecuadas pueden provocar efectos adversos o enmascarar problemas mayores.
¿Cuándo consultar?
Si la dificultad para mantener la erección persiste varias semanas, si hay dolor, curvatura progresiva del pene, disminución marcada del deseo, cansancio inusual o síntomas como sed excesiva, palpitaciones o ronquidos intensos, conviene consultar.
Un abordaje temprano no solo mejora la vida sexual: puede detectar a tiempo enfermedades que, tratadas, cambian la trayectoria de la salud a largo plazo.
El mensaje de fondo, según coinciden los clínicos: la erección es un barómetro de salud integral. En hombres jóvenes, escucharla —y actuar en consecuencia— es una inversión en bienestar presente y futuro.
