¿Sexo antes de competir? La ciencia frente al mito de la abstinencia en atletas de alto rendimiento

Concepto de deportes de invierno.
Concepto de deportes de invierno.Happycity21

Durante décadas, en vestuarios y concentraciones deportivas circuló como mandamiento: nada de sexo antes de competir. La idea se sostuvo más por tradición y moral que por fisiología. Hoy, la evidencia disponible —y la práctica cotidiana de equipos médicos— muestra un panorama más matizado

Para la mayoría de los atletas, la actividad sexual no reduce la fuerza ni “vacía” la energía, y en ciertos casos incluso puede ayudar a regular el estrés y mejorar la coordinación. El factor crítico no es la moral; es el cerebro, el sueño y la logística.

De dónde sale el mito: fuerza, contacto y la vieja teoría de la “pérdida”

El origen histórico del tabú se arraiga especialmente en deportes de contacto y fuerza, en los que se asociaba la agresividad competitiva con la abstinencia.

En el boxeo, la lucha o el levantamiento, entrenadores de principios del siglo XX popularizaron la noción de que el sexo “ablanda”, reduce la testosterona o resta potencia por una supuesta pérdida vital —una versión moderna de ideas más antiguas sobre el “desgaste” corporal—.

Concepto de deportista de alto rendimiento.
Concepto de deportista de alto rendimiento.

En muchas concentraciones, la prohibición también funcionó como herramienta de control: menos salidas, menos distracciones, más disciplina.

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El problema es que esa lógica organizativa se confundió con biología.

Qué dice la ciencia

No hay caída de rendimiento… y a veces hasta hay beneficios.

Los estudios que comparan indicadores como fuerza, resistencia, coordinación o potencia no encuentran, en general, un deterioro del rendimiento por tener sexo en las horas previas, especialmente cuando no afecta el descanso.

Algunos trabajos incluso describen efectos favorables: menor ansiedad precompetitiva, mejor relajación muscular y una sensación subjetiva de bienestar que puede traducirse en una ejecución más fluida en tareas técnicas.

La clave es separar “actividad sexual” de “agotamiento físico”. Para un atleta entrenado, el esfuerzo del sexo suele ser moderado.

Lo que más cambia el panorama no es el acto en sí, sino lo que lo rodea: sueño recortado, alcohol, trasnochar, discusiones emocionales o una rutina alterada.

Neurociencia del deseo y la concentración: dopamina, estrés y foco

En competencia manda el sistema nervioso. El deseo sexual activa circuitos de recompensa (dopamina) y también modula el estrés.

Pareja en la cama. Manos.
Pareja en la cama. Manos.

Tras el orgasmo, aumentan mediadores asociados a relajación y vínculo (como oxitocina) y aparece una respuesta que puede facilitar la “bajada” fisiológica: desciende la hiperalerta y, en muchas personas, mejora la capacidad de conciliar el sueño.

A la vez, si la situación genera activación mental —por ansiedad, culpa, conflicto o excitación prolongada— el efecto puede ser el contrario: más rumiación, peor descanso, peor foco.

Por eso el debate real no es “sexo sí o no”, sino “¿cómo llega el atleta al estado mental óptimo?”.

En deportes de velocidad y reacción, donde milésimas y toma de decisiones pesan tanto como la fuerza, el riesgo no suele ser una merma muscular: es perder precisión por fatiga cognitiva o por una noche fragmentada.

Milán-Cortina en el horizonte: en la nieve gana la calma, no la represión

Con Milán-Cortina 2026 como actual gran vidriera, los deportes de invierno ofrecen un ejemplo contundente. El esquí alpino y el big air o esquí acrobático exigen control fino bajo presión, lectura del entorno y ejecución técnica con el cuerpo “suelto”, no rígido.

En altura y frío el descanso se vuelve un recurso estratégico: la recuperación neuromuscular y la estabilidad emocional cuentan tanto como el volumen de entrenamiento.

Si el sexo facilita relajación y sueño, puede ser un aliado; si lo compromete, conviene ajustar tiempos.

Energía y gasto calórico

La creencia de que el sexo “deja sin energía” tampoco resiste números.

En gasto calórico, suele parecerse más a una caminata ligera o moderada que a una sesión exigente de gimnasio: decenas a un par de cientos de calorías, dependiendo de duración e intensidad.

Eso no vacía reservas musculares ni reduce fuerza por sí mismo, especialmente en atletas que ya manejan nutrición e hidratación para rendir.

Tampoco hay evidencia sólida de que una relación sexual aislada reduzca la capacidad de producir potencia al día siguiente. La recuperación hormonal y muscular depende mucho más de carga de entrenamiento, calidad de sueño, ingesta y manejo del estrés que de un episodio sexual.

Qué cambió en el alto rendimiento: de la prohibición al acompañamiento informado

En muchos equipos de élite, el paradigma se movió de la restricción general a la individualización. La pregunta que hoy orienta a entrenadores y médicos no es “¿está permitido?”, sino “¿cómo impacta en esta persona, en esta disciplina y en este momento del calendario?”.

Los protocolos actuales suelen enfocarse en higiene del sueño, control de rutinas, salud sexual, prevención de infecciones y consentimiento, además de pautas prácticas: evitar que la actividad interfiera con horarios de descanso o con la preparación mental inmediata.

Comparado con recomendaciones antiguas —basadas en intuiciones, autoridad y moral— el enfoque contemporáneo se apoya en variables medibles: sueño, recuperación, estrés y rendimiento real.

El mito de la abstinencia sobrevivió porque ofrecía una explicación simple a algo complejo: la performance. Pero el deporte de alto rendimiento no se decide por tabúes, sino por regulación fisiológica y mental.