Amistad con el ex: ¿es más común y saludable en las parejas del mismo sexo?

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Las rupturas entre parejas del mismo sexo plantean un dilema único: ¿es posible mantener una amistad sincera? Este análisis revela cómo contextos sociales y emocionales influyen en la decisión de permanecer conectados tras la separación.

Quedar como amigos después de una ruptura suele dividir opiniones: para algunas personas es una señal de madurez; para otras, una receta para el conflicto. En los últimos años, psicólogos y sociólogos han observado que mantener un vínculo amistoso con una expareja no es un fenómeno marginal y que, en ciertos contextos, puede ser incluso más frecuente.

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Entre ellos, aparecen con regularidad las parejas del mismo sexo, aunque con matices importantes: no siempre es “más sano”, y no siempre es posible.

¿Por qué podría ser más común?

Una de las explicaciones más repetidas en la literatura académica es estructural. En comunidades LGBTIQ+ —especialmente en ciudades medianas o en entornos con menor diversidad— los círculos sociales tienden a ser más pequeños y entrelazados.

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Esto aumenta la probabilidad de compartir amistades, espacios de ocio o redes de apoyo. Romper de manera tajante puede implicar “romper” también con el grupo, algo costoso cuando la red social ya es limitada.

A eso se suma un factor cultural: las parejas del mismo sexo han tenido, históricamente, menos guiones tradicionales a los que ajustarse.

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Para algunos especialistas, esa menor presión por seguir modelos rígidos (por ejemplo, la idea de “cortar contacto” como única salida) puede abrir la puerta a negociar formas de relación posteriores más flexibles, siempre que ambas partes lo deseen.

¿Es necesariamente más saludable?

No. La evidencia sobre “amistad con el ex” muestra que sus efectos dependen de variables concretas: cómo fue la ruptura, si hubo daño o violencia, si persisten expectativas románticas, y qué tan claras están las fronteras.

Una relación amistosa puede aportar apoyo emocional, continuidad comunitaria y una sensación de cierre. Pero también puede prolongar el duelo, alimentar celos en nuevas relaciones o convertirse en un canal de control si la separación no fue equitativa.

En el caso de parejas del mismo sexo, hay un elemento adicional: el estrés de minorías. La discriminación, la falta de apoyo familiar o la invisibilidad pueden hacer que la expareja siga siendo una figura clave de “familia elegida”. Eso puede ser protector, pero también dificultar que cada persona reconstruya su autonomía tras la ruptura.

Señales de que funciona (y de que no)

Cuando la amistad es genuina, suele aparecer después de un periodo de distancia, con acuerdos explícitos (frecuencia de contacto, temas sensibles, encuentros en grupo) y sin dobles mensajes.

Si, por el contrario, uno de los dos mantiene la esperanza de volver, si hay discusiones recurrentes por límites o si la relación interfiere con nuevas parejas, el vínculo “amistoso” puede estar actuando como una ruptura inconclusa.

Una conclusión menos romántica y más realista

¿Es más común en parejas del mismo sexo? Puede serlo en ciertos entornos por la interdependencia comunitaria y la negociación de modelos relacionales.

¿Es más saludable? Solo cuando se sostiene en consentimiento, límites claros y seguridad emocional. En última instancia, la pregunta clave no es si “se puede” ser amigo de un ex, sino qué necesidad cumple ese vínculo y si ayuda —o impide— seguir adelante.