8 de septiembre de 2026
Hay crímenes que cambian de vestimenta, pero no de esencia. En los años de plomo, cuando el Paraguay se asfixiaba bajo el peso de una dictadura que convertía la disidencia en delito, a los opositores se les llamaba “subversivos” o “comunistas”. Bastaban esas palabras para justificar el secuestro, la tortura, el silenciamiento definitivo. Bastaba que una persona portara barba para ser considerado súbdito de Fidel Castro. El objetivo no era solo eliminar a un hombre o a una mujer: era cortar de raíz el libre flujo de la información, sembrar el miedo para que nadie más se atreviera a hablar, a denunciar, a mirar de frente. Hoy los métodos se han sofisticado. Ya no hacen falta sótanos ni picana. Bastan una agencia de fachada, un puñado de chips prepago comprados a nombre de terceros, una notebook conectada a una VPN y unos cuantos millones de guaraníes en pauta digital. Se construye una red de páginas que no informan: envenenan. Se fabrican calumnias con inteligencia artificial, se viralizan mentiras pagadas y se apunta, con precisión quirúrgica, a periodistas, medios independientes, empresarios que denuncian corrupción y cualquier voz que se atreva a levantar la cabeza crítica.


Tomás Vío, responsable del Departamento de Relaciones Externas del Grupo Clarín, fue uno de los protagonistas del área de la empresa que lideró el enfrentamiento con el gobierno kirchnerista. En esta entrevista relata las peripecias que atravesaron el medio y sus periodistas por el ataque sistemático del régimen que pretendió destruirlo. Ni siquiera con el monopolio del 80% de los medios en su poder pudo conseguirlo.
El presidente de la Cámara de Diputados, el colorado Hugo Velázquez, aseguró ayer que “la clase política en este país entendió y sigue entendiendo” que es mejor tener una prensa libre que se pase de la raya y diga medias verdades antes que intentar amordazar a periodistas o a los medios de comunicación.