Un signo nacido en la contabilidad del peso
El # no surgió en internet ni en los laboratorios de informática. Su raíz está en la cultura escrita de los comerciantes. En documentos anglosajones de los siglos XVIII y XIX, el símbolo aparece como una evolución gráfica de abreviaturas vinculadas al peso: una forma simplificada —trazada con líneas cruzadas— del entorno de lb (de libra) y, sobre todo, de lb pondo (“libra de peso”), fórmula usada para indicar libras en facturas y registros.
Cuando el comercio se medía en sacos, bultos y granos, esa marca era práctica: compacta, rápida de escribir y fácil de identificar en listas de cargas. De ahí su nombre aún vigente en Estados Unidos: pound sign, el “signo de libra”, que durante décadas acompañó cantidades (“# 10” como “10 lb”) en etiquetas y almacenes.
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De “libra” a “número”: el salto semántico
Con el tiempo, el mismo símbolo se asentó también como signo de número. En contextos administrativos y tipográficos, # pasó a significar “número” (por ejemplo, “#3”), una ambigüedad útil: el mismo trazo servía para contar unidades o indicar un valor de peso, según el entorno.
Esa doble vida explica por qué el símbolo llegó a teclados, formularios y máquinas de escribir: no era una rareza gráfica, sino un atajo de oficina. Y ese es un patrón recurrente en la historia de la escritura: los signos sobreviven cuando resuelven problemas cotidianos.
El teclado telefónico y el nombre imposible: “octothorpe”
El salto a la cultura popular moderna se consolidó con el teléfono. En los años 60, cuando el sistema de tonos (DTMF) estandarizó el teclado numérico, # se convirtió en una tecla funcional junto a *.
En ese proceso apareció un apodo célebre y discutido: octothorpe, una etiqueta nacida en el ámbito técnico cuyo origen exacto sigue siendo objeto de versiones distintas, pero que retrata bien su nueva condición: un símbolo que había entrado en la infraestructura.
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Cómo # empezó a “pesar” datos: del comentario al hashtag
La era digital le dio a # un destino inesperado. En programación y sistemas, el símbolo se usó para marcar comentarios o instrucciones especiales en distintos lenguajes y entornos (un modo de decirle a la máquina: “esto no es contenido, es contexto”).
En paralelo, en comunidades en línea previas a las redes sociales, como IRC, # se empleó para nombrar canales y agrupar conversaciones.
Ese uso de “agrupador” preparó el terreno para el gran giro cultural: en 2007, el desarrollador Chris Messina propuso usar # para etiquetar temas en Twitter. La idea era simple y potente: convertir una conversación dispersa en un conjunto rastreable.
Así nació el hashtag (hash + tag): “hash” por el nombre técnico del signo en ciertos contextos informáticos, y “tag” por su función de etiqueta.
Desde entonces, # dejó de medir sacos para medir algo menos tangible pero igual de decisivo: atención, relevancia y circulación de información. En la web, un hashtag actúa como un índice en tiempo real: organiza, conecta y hace buscables millones de mensajes.
Por qué su historia importa
El recorrido del # muestra cómo la tecnología rara vez inventa desde cero: recicla lo que ya era eficiente.
Un signo pensado para abreviar el peso en registros comerciales terminó siendo una herramienta para clasificar datos, mapear movimientos sociales y detectar tendencias.
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En ambos casos —granos o publicaciones— su función profunda es la misma: convertir el caos de lo múltiple en algo contable y ordenable.
