Caminar por el muelle de Handelskade de Willemstad es como habitar un lienzo donde el sol juega con matices de las casitas que emulan a las edificaciones de Ámsterdam, capital de los Países Bajos.
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Estas icónicas construcciones del siglo XVIII no visten de blanco por un curioso decreto del gobernador Albert Kikkert en 1817, quien prohibió ese color porque el resplandor le provocaba migrañas; aunque las crónicas sugieren que también era accionista de la única fábrica de pintura de la isla.

Hoy ese arcoíris arquitectónico es el símbolo de una capital que respira entre el Mar Caribe y la Bahía de Santa Ana. Fundada en 1634 por la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales, la ciudad nació bajo la protección de los fuertes que hoy albergan la sede del gobierno.

Su valor histórico es tan grande que en 1997 fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, pues representa el crecimiento orgánico de una comunidad multicultural que fusionó tradiciones europeas con la herencia de África y América. El tejido urbano se despliega en cuatro distritos fascinantes: Punda, Otrobanda, Pietermaai y Scharloo.

El corazón de la ciudad late sobre el agua gracias al puente Reina Emma, conocido como la “Vieja Dama Columpiante”. Este puente de pontones es único en su tipo: flota sobre 16 barcazas y se desplaza lateralmente mediante motores diésel para permitir el ingreso de colosales cruceros y buques cisterna al puerto de Schottegat. Cuando las campanas anuncian su apertura, los peatones deben esperar con paciencia o tomar un ferry gratuito para cruzar de un lado a otro.

La demografía de Willemstad es un fascinante crisol en el que conviven descendientes de africanos, mercaderes judíos sefardíes, colonos neerlandeses y migrantes latinoamericanos. Con una población de unos 156.000 habitantes, la mayoría concentrada en el área urbana, los curazoleños son el resultado de siglos de intercambio comercial. Esta diversidad se refleja en rostros que cuentan historias de resistencia, desde la rebelión de esclavos liderada por Tula hasta la bonanza industrial moderna.

En las plazas y cafeterías, el aire se llena con la musicalidad del papiamento, una lengua criolla que entrelaza raíces africanas con el español, portugués, holandés e inglés. Es el idioma del sentimiento local, aunque la mayoría de los habitantes domina con fluidez cuatro lenguas, lo que facilita que los turistas paraguayos y de toda la región se sientan bienvenidos. Escuchar a un pescador en el muelle es entender que aquí las fronteras lingüísticas se disuelven en la brisa marina.

Si hay un momento en que la capital estalla en alegría, son los jueves con el evento Punda Vibes. Las calles estrechas se transforman en una fiesta al aire libre con música en vivo, bailes folclóricos y mercados de artesanos que celebran la identidad de la isla. La noche culmina con un deslumbrante show de fuegos artificiales que iluminan las fachadas coloniales, un espectáculo diseñado para atraer a la comunidad y celebrar el espíritu alegre que ellos llaman Dushi.

El sabor auténtico de la ciudad se encuentra en sus mercados tradicionales. En el Mercado Flotante, barcos provenientes de Venezuela atracan para ofrecer frutas tropicales, especias y pescado fresco, manteniendo vivo un intercambio centenario. A pocos pasos, el Marshe Bieu invita a sentarse en mesas comunales para degustar el kabritu stoba (estofado de cabra) o el funchi, platos preparados a la leña por cocineras locales que preservan el legado de la gastronomía criolla.

La espiritualidad también tiene un monumento de relevancia mundial: la sinagoga Mikvé Israel-Emanuel, la más antigua en uso continuo de América. Su interior asombra con un suelo cubierto de arena blanca, una tradición que recuerda el peregrinaje de los israelitas por el desierto y la necesidad de silenciar los pasos durante los tiempos de la Inquisición.

Este recinto es un testamento de la tolerancia religiosa que permitió a la comunidad judía prosperar y dejar su huella en la arquitectura.

Más allá del centro histórico, el distrito de Pietermaai cautiva con su aire bohemio y sus mansiones restauradas que albergan hoteles boutique y acogedores bares de jazz. Por otro lado, Scharloo se ha convertido en el núcleo creativo, donde las antiguas villas de mercaderes ahora lucen imponentes murales de arte callejero. Es común ver a los habitantes participando activamente en festivales de barrio, donde el arte se utiliza como una herramienta de orgullo comunitario y renovación urbana.

Los habitantes de Willemstad no solo viven de la industria del turismo; muchos se dedican a la construcción, los servicios financieros y la pesca. En sus momentos de ocio, disfrutan de actividades submarinas en arrecifes saludables como Pierbaai o exploran la naturaleza en el Parque Rif Mangrove. Además, mantienen vivas tradiciones artesanales como la creación de la Chichi, una estatuilla que representa a la hermana mayor protectora y que es un símbolo de orgullo nacional.

Willemstad no es simplemente una postal de colores vibrantes; es un puente vivo entre el pasado colonial y un futuro lleno de energía caribeña. En cada rincón de sus barrios históricos, la capital de Curazao invita a mirar debajo de la pintura, a escuchar el latido de su pueblo multicultural y a comprender que su verdadera riqueza reside en la mezcla. Es, sin duda, la perla más carismática y resiliente de las Antillas.

@marta_escurra
