La sorprendente resistencia de la vida
La historia de la vida en la Tierra no está marcada tanto por su fragilidad como por su capacidad de persistir.
Desde hace al menos 3.700 millones de años, los organismos vivos han sobrevivido a erupciones volcánicas a gran escala, impactos de asteroides y múltiples extinciones masivas que eliminaron más de tres cuartas partes de las especies existentes.

La mayor de estas crisis, la extinción del Pérmico, ocurrió hace unos 250 millones de años y acabó con alrededor del 90 % de las especies del planeta.
Aun así, en cuestión de unos pocos millones de años, la vida se reorganizó y continuó su curso evolutivo, se lee en el medio alemán Deutsche Welle.
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Esta asombrosa capacidad de recuperación ha llevado a muchos científicos a una conclusión incómoda para nuestra especie: aunque los seres humanos desaparezcan, la vida probablemente no lo hará. De ahí surge una pregunta inquietante: ¿qué criatura podría ser la última en quedar en pie?
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El candidato inesperado: un microanimal de ocho patas
Mientras la humanidad se enfrenta a amenazas que van desde el cambio climático hasta un posible conflicto nuclear, hay un diminuto animal que, según varios estudios, podría sobrevivirnos a todos.
Y no se trata de cucarachas ni escorpiones, sino de un humilde organismo de ocho patas que se ha convertido en símbolo de resistencia extrema: el tardígrado.

Estos microanimales, también conocidos como osos de agua, apenas alcanzan 1,2 milímetros de longitud, pero su capacidad de supervivencia desafía la lógica biológica. Según reporta IFL Science, pueden:
- Resistir periodos extremadamente largos sin comida ni agua, de hasta 30 años en condiciones experimentales.
- Sobrevivir a temperaturas extremas, desde condiciones criogénicas cercanas al cero absoluto hasta unos 150 °C en laboratorio.
- Soportar presiones aplastantes y dosis de radiación letales para otras formas de vida.
- Permanecer expuestos al vacío del espacio sin sufrir daños aparentes.
Criptobiosis: el truco biológico que los hace casi indestructibles
El secreto de esta supervivencia extrema reside en un proceso llamado criptobiosis. De acuerdo con la información recogida por medios científicos, cuando las condiciones ambientales se vuelven hostiles, los tardígrados expulsan más del 95 % del agua de sus cuerpos y se contraen hasta formar una especie de cápsula deshidratada.
En ese estado de animación suspendida pueden permanecer potencialmente durante décadas, a la espera de que el entorno vuelva a ser favorable. Entonces se reactivan y retoman sus funciones biológicas como si nada hubiera pasado.
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Este mecanismo convierte a los tardígrados en una prueba tangible de que, una vez que la vida logra establecerse, puede resultar extraordinariamente difícil de erradicar por completo.
Asteroides, supernovas y rayos gamma: pruebas cósmicas de resistencia
En 2017, un estudio realizado por físicos de las universidades de Oxford y Harvard, y recogido por medios como IFL Science y VICE, analizó hasta qué punto esa resistencia podría sostenerse frente a los peores escenarios astrofísicos imaginables.

Los investigadores estudiaron tres amenazas extremas:
- Impactos de asteroides gigantes.
- Explosiones de supernovas cercanas.
- Estallidos de rayos gamma, los eventos más energéticos del universo.
Los resultados fueron claros: todos estos escenarios serían devastadores para la humanidad y para la mayoría de las especies del planeta, pero es probable que los tardígrados sobrevivieran.
¿Qué haría falta para acabar con ellos?
Según el estudio, para que el impacto de un asteroide consiguiera exterminar a los tardígrados, tendría que provocar una alteración drástica del equilibrio térmico del planeta, elevando las temperaturas globales hasta un punto en el que los océanos líquidos dejaran de existir.
De los cuerpos conocidos en el sistema solar, solo una docena de asteroides y planetas enanos alcanzan ese umbral de masa —entre ellos Plutón—, y ninguno de ellos se espera que intercepte la órbita terrestre.
En el caso de una supernova, la explosión debería producirse a menos de 0,14 años luz de distancia para evaporar los océanos del planeta. Sin embargo, la estrella más cercana al Sol se encuentra a más de cuatro años luz, muy por encima de ese límite.
Con los estallidos de rayos gamma ocurre algo similar. Para desencadenar un calentamiento global capaz de hervir los mares, tendrían que originarse a menos de 40 años luz de la Tierra, una posibilidad considerada mínima antes de que el propio Sol llegue al final de su vida.
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La conclusión de los investigadores es contundente: salvo que tenga lugar un evento capaz de hacer hervir literalmente todos los océanos del planeta, los tardígrados seguirán aquí, indiferentes a nuestro final.
“Los tardígrados son lo más parecido a seres indestructibles que existe en la Tierra”, señala el físico Rafael Alves Batista, de la Universidad de Oxford. “Sin nuestra tecnología para protegernos, los seres humanos somos una especie extremadamente sensible. Cambios sutiles en nuestro entorno pueden afectarnos de forma dramática”.
La amenaza más inmediata: una guerra nuclear
Más allá de las catástrofes cósmicas, una de las amenazas más inmediatas para la vida compleja en la Tierra podría no venir del espacio, sino de la propia humanidad. Las armas nucleares representan un riesgo real y cercano, cuyos efectos irían mucho más allá de la destrucción inmediata.

Un estudio publicado en la revista AGU Advances y citado por la Universidad de Colorado Boulder en mayo de 2023 modeló distintos escenarios de guerra nuclear. Las simulaciones concluyeron que el hollín generado por las explosiones bloquearía la luz solar durante aproximadamente una década, provocando un enfriamiento global abrupto.
En un conflicto a gran escala entre Estados Unidos y Rusia, por ejemplo, las temperaturas medias globales podrían descender unos 10 °C en los tres años posteriores. Los océanos, que cubren más del 70 % del planeta, se enfriarían rápidamente y desarrollarían extensas capas de hielo marino.
La fotosíntesis del fitoplancton —la base de la cadena alimentaria marina— se vería gravemente afectada, desencadenando una reacción en cadena en los ecosistemas oceánicos. “Si las algas desaparecen, todo lo demás también desaparece”, advirtió Nicole Lovenduski, coautora del estudio, en el comunicado de la Universidad de Colorado Boulder.
Incluso conflictos nucleares regionales más limitados producirían efectos globales duraderos, según estas simulaciones. Y, a diferencia de los tardígrados, los seres humanos dependen de sistemas agrícolas, cadenas de suministro y condiciones climáticas extremadamente sensibles.
El final inevitable: el destino marcado por el Sol
Ni la guerra nuclear ni los asteroides, sin embargo, supondrán el final definitivo de toda forma de vida en la Tierra. Ese desenlace está ligado al ciclo vital del Sol.

Dentro de unos 5.000 millones de años, cuando el Sol agote su hidrógeno y se transforme en una gigante roja, se expandirá hasta engullir a Mercurio y Venus y, probablemente, también a la Tierra. Mucho antes de alcanzar ese estadio, el progresivo aumento de su luminosidad transformará de forma irreversible el entorno terrestre.
La intensificación de la radiación alterará la estabilidad climática del planeta, provocará la pérdida gradual de su atmósfera y acabará por eliminar el agua superficial que hoy hace posible la vida. La Tierra se convertirá en un mundo seco e inhóspito, incapaz de sostener siquiera a los organismos más resistentes.
Ese será el punto final incluso para los tardígrados, al menos a escala planetaria. Puede que algunas bacterias extremófilas resistan durante un tiempo, pero la vida tal como la conocemos llegará finalmente a su fin.
Una lección incómoda para la humanidad
Hasta que ese destino remoto se cumpla, la situación es clara: la Tierra no necesita a los humanos para seguir siendo un planeta vivo. La biosfera ha demostrado una y otra vez que puede sobreponerse a crisis globales de enorme magnitud.
Nosotros, en cambio, dependemos de un delicado equilibrio climático y ecológico para sobrevivir.
En esa carrera por la resistencia, los tardígrados nos llevan millones de años de ventaja y nos recuerdan que nuestra vulnerabilidad no es la de la vida en general, sino la de una especie que, pese a su poder tecnológico, sigue siendo extraordinariamente sensible a los cambios de su propio entorno.
Fuente: Deutsche Welle
