Un estudio publicado en The Lancet Child & Adolescent Health relaciona la presión académica durante la adolescencia con problemas de salud mental en etapas posteriores. La investigación fue realizada por el University College London (UCL) y analiza cómo el estrés vinculado al rendimiento escolar se asocia con síntomas depresivos y con un mayor riesgo de autolesiones en la vida adulta.
A quiénes siguió el estudio y cómo se midió
El trabajo se basó en una muestra de 4.717 jóvenes nacidos entre 1991 y 1992.

Los investigadores midieron la presión académica que sufrían, especialmente alrededor de los 15 años, y siguieron su salud mental hasta bien entrada la edad adulta.
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Los resultados describen una correlación clara: a mayor presión académica en la adolescencia, mayor probabilidad de desarrollar depresión y más riesgo de autolesiones en los años siguientes, según se lee en NatGeo.
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Qué interpretación hacen los autores
La catedrática en psicología y autora del estudio, Gemma Lewis, sitúa los hallazgos en un contexto más amplio: “en los últimos años, las tasas de depresión han aumentado entre los jóvenes del Reino Unido y otros países, y la presión académica también parece estar en aumento.”

Según Lewis, la presión puede proceder tanto del sistema educativo como ser autoimpuesta, y los propios jóvenes la señalan como una de sus principales fuentes de estrés. En su valoración, “una cierta presión para tener éxito en los estudios puede ser motivadora, pero una presión excesiva puede resultar abrumadora y perjudicial para la salud mental”.
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Señales en edades aún más tempranas
Los investigadores también realizaron un segundo análisis de los datos, en el que observaron que la presión académica experimentada por algunos niños entre los 11 y 14 años se asocia igualmente con un aumento del riesgo de depresión en el futuro.
A partir de ese resultado, apuntan que reducir la presión académica podría ser una medida a considerar por escuelas y agentes políticos, con el objetivo de favorecer la salud mental de los futuros adultos.
Los autores subrayan que se trata de un estudio observacional, por lo que no busca establecer una relación de causa y efecto. En consecuencia, señalan que se necesita más investigación para alcanzar conclusiones firmes.
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¿Hasta qué punto sirven estos datos para el contexto actual?
La profesora titular Alexandra Morales, del departamento de Psicología de la Salud de la Universidad Miguel Hernández de Elche e investigadora en el Centro de Investigación de la Infancia y la Adolescencia para SMC España, advierte de una limitación relevante: los datos proceden de una cohorte nacida en 1991-1992, cuya adolescencia transcurrió en un entorno social y tecnológico distinto al actual.
Morales señala que, aunque esos adolescentes tuvieron acceso a internet —especialmente mediante cibercafés, chats o plataformas digitales de ese momento—, su “ecosistema digital no es el mismo que tenemos actualmente”.
En esa línea, apunta que a principios de los 2000 no existían las redes sociales como las conocemos ahora, lo que condiciona el contexto en el que se desarrolló la presión académica y su relación con la salud mental.
Fuente: National Geographic
