Ötzi murió hace unos 5.300 años, entre 3350 y 3105 antes de la era común, en un paso alpino situado hoy en la frontera entre Austria e Italia. Su cuerpo quedó atrapado en una depresión rocosa del glaciar de Tisenjoch, donde el frío, la deshidratación y la cobertura posterior de hielo frenaron la descomposición. Esa preservación natural convirtió a esta momia en una fuente de información difícil de obtener en otros enterramientos prehistóricos.
Por qué Ötzi importa para entender la Edad del Cobre
Antes de su hallazgo, el conocimiento sobre las comunidades europeas de la Edad del Cobre dependía sobre todo de cerámicas, herramientas, huesos dispersos y tumbas. Ötzi aportó algo distinto: la asociación entre un cuerpo, su ropa, sus armas, sus alimentos y sus enfermedades.

Sus pertenencias muestran que cruzar los Alpes no era necesariamente una aventura excepcional. Llevaba un conjunto preparado para un ambiente de montaña: capa de hierba trenzada, prendas de cuero de distintos animales, polainas, un gorro de piel de oso y calzado aislante relleno de hierba. El equipo revela conocimientos prácticos sobre aislamiento térmico, reparación de materiales y adaptación a trayectos de altura.
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También transportaba un hacha de cobre con mango de tejo. La pieza es clave porque confirma que la metalurgia ya formaba parte de la vida cotidiana de algunas comunidades alpinas, aunque las herramientas de piedra seguían siendo esenciales. El cobre no reemplazó de inmediato a otros materiales: convivió con cuchillos de sílex, un arco inacabado y flechas en proceso de elaboración.
Un registro biológico de enfermedades y alimentación
El análisis de su cuerpo y de su contenido digestivo permitió estudiar la salud de una persona concreta del Neolítico tardío. Ötzi padecía desgaste articular, tenía predisposición genética a enfermedades cardiovasculares y portaba la bacteria Helicobacter pylori, vinculada hoy a trastornos gástricos. También se detectaron indicios de parásitos intestinales.
Estos datos no permiten diagnosticar su vida con criterios médicos actuales, pero sí muestran que las infecciones, el esfuerzo físico y la alimentación dejaban huellas corporales hace milenios, incluso en sociedades sin agricultura industrial ni ciudades.
Su última comida incluyó carne y grasa de animales como cabra montés o ciervo, además de cereales. La alta proporción de grasa resulta coherente con una travesía en frío: es una reserva energética más eficaz que otros nutrientes para sostener actividad física en un ambiente exigente.
La muerte violenta y la movilidad en los Alpes
Una punta de flecha alojada en su hombro izquierdo dañó una arteria y provocó una hemorragia potencialmente mortal. Además, presentaba heridas en la mano y un golpe en la cabeza. La evidencia apunta a un episodio violento poco antes de su muerte.
Los análisis de polen, isótopos y materiales de sus objetos indican que Ötzi se movía entre valles y zonas elevadas del sur de los Alpes. No era un habitante aislado de la montaña: formaba parte de redes de circulación de personas, recursos y técnicas.
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Sus más de 60 tatuajes, formados por líneas y cruces de pigmento oscuro cerca de articulaciones y zonas doloridas, agregan otra dimensión. Su distribución coincide en varios casos con áreas afectadas por desgaste corporal, por lo que se investiga si pudieron tener una función terapéutica, además de posibles significados culturales.
