Magia, pizarra y un epílogo perfecto
El partido ante la rocosa selección africana comenzó con el asedio constante del capitán, que buscó el tanto ansiado en reiteradas ocasiones (minutos 6, 23, 26 y 32), topándose una y otra vez con la resistencia rival.
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El marcador se rompió en el amanecer del complemento (minuto 48): tras un córner preciso ejecutado por el propio Messi, el balón viajó al corazón del área pequeña y Nicolás Otamendi, en su propia noche de despedida en su partido número 140 como escudero de lujo, conectó un toque seco de volea para firmar el 1-0.
Poco después, en el minuto 61, el joven talento Nico Paz amplió la ventaja con un soberbio disparo con efecto desde fuera del área que dejó sin opciones al guardameta Marcel Dandjinou.
Y entonces llegó el momento cumbre. Al minuto 70, el árbitro chileno Fernando Véjar señaló el punto fatídico. Messi respiró hondo, tomó carrera y sacó un zurdazo potente y esquinado al palo izquierdo, desatando la euforia total en las gradas. Las 85.000 personas celebraron el tanto número 126 del 10 con la misma intensidad con la que se grita la conquista de un título mundial.
Un cierre de película bajo el cielo de Buenos Aires
El pitido final dio paso a un protocolo cargado de simbolismo y cariño genuino. El propio colegiado Fernando Véjar tuvo el gesto de regalarle sus tarjetas al astro como recuerdo, mientras los futbolistas de ambas selecciones formaron una fila de honor para despedir al ídolo.

Para cerrar una jornada inolvidable, las luces del estadio se apagaron para dar paso a un imponente espectáculo de drones en el cielo porteño, los cuales dibujaron la figura de Messi y la mítica camiseta Albiceleste que lució incansablemente desde su debut en 2005. Se apaga la zurda más brillante de la historia del deporte, pero su legado ya es eterno e inmortal.
Fuente: EFE
