Bajo este indicador, Paraguay aparece con una productividad laboral de US$ 13.728, resultado de un PIB nominal de US$ 48.443 millones y una fuerza laboral de 3.528.780 personas. El dato ubica al país en la parte baja de la muestra: solo supera a Bolivia, que registra US$ 7.518. En cambio, queda por debajo de Ecuador (US$ 14.517), Colombia (US$ 16.879), Perú (US$ 17.722), Surinam (US$ 18.139) y bastante lejos de Brasil (US$ 21.048), Argentina (US$ 30.394), Chile (US$ 34.413) y Uruguay (US$ 47.383).
La comparación es relevante porque Paraguay suele destacarse por su estabilidad macroeconómica, baja inflación relativa, disciplina fiscal y crecimiento económico sostenido. Sin embargo, estos datos muestran una debilidad estructural: el crecimiento todavía no se traduce en una productividad laboral elevada. En otras palabras, el país crece, pero produce relativamente poco por cada persona incorporada a la fuerza laboral. Esa brecha limita la capacidad de generar mejores salarios, mayor formalidad y una base tributaria más sólida.
El contraste con Uruguay es especialmente fuerte. Uruguay tiene una fuerza laboral menor que la paraguaya, de 1.806.025 personas, pero un PIB nominal de US$ 85.575 millones, casi el doble del paraguayo. Por eso, su productividad laboral llega a US$ 47.383, más de tres veces el nivel de Paraguay. Esto refleja una economía con mayor ingreso por trabajador, mayor densidad de servicios, más formalidad, instituciones laborales más desarrolladas y una estructura productiva con mayor valor agregado.
También es importante observar el caso de Chile. Con US$ 355.350 millones de PIB nominal y una fuerza laboral de 10.326.080 personas, su productividad laboral alcanza US$ 34.413. La diferencia con Paraguay no se explica únicamente por tamaño económico, sino por una mayor acumulación de capital, infraestructura, minería de alto valor, servicios modernos, apertura comercial y una productividad empresarial más elevada. Paraguay, en cambio, continúa muy concentrado en sectores primarios y actividades de baja sofisticación relativa.

Guyana aparece como un caso extremo, con US$ 82.947 por persona en la fuerza laboral. Pero allí la comparación debe leerse con cautela: el salto productivo está fuertemente asociado al petróleo, una actividad intensiva en capital y no necesariamente en empleo. Aun así, el dato muestra cómo un sector de alto valor puede elevar rápidamente el PIB por trabajador, algo que Paraguay todavía no logró con la misma intensidad pese a contar con energía abundante y producción agropecuaria competitiva.
La lectura crítica para Paraguay es clara: el país no enfrenta solo un problema de crecimiento, sino de calidad del crecimiento. Una economía puede expandirse por mayor producción agrícola, comercio o construcción, pero si no incorpora tecnología, capacitación, innovación, infraestructura y encadenamientos industriales, la productividad queda rezagada. El bajo nivel relativo frente a Perú, Colombia o Brasil muestra que Paraguay todavía tiene margen para mejorar incluso frente a economías con problemas de informalidad y desigualdad similares.
En síntesis, Paraguay aparece como una economía estable, pero todavía poco productiva en términos regionales. Su desafío no es únicamente aumentar el PIB, sino lograr que cada trabajador produzca más valor. Eso exige mejorar educación técnica, infraestructura, formalización laboral, inversión privada, logística, digitalización y desarrollo industrial. Sin ese salto, el país puede seguir creciendo, pero con salarios bajos, alta informalidad y una distancia persistente frente a sus vecinos más productivos.
* Este material fue elaborado por MF Economía e Inversiones.
