La táctica de violencia contra los adversarios políticos

A estas alturas no es suficiente repetir, para dimensionar la gravedad de la situación, que Santiago Peña es el presidente de la República y que el expresidente Horacio Cartes es quien se encuentra en el ejercicio del cargo. Para llegar a esta conclusión, ya instalada en el imaginario popular, la ciudadanía simplemente une con flecha: los acontecimientos, sus protagonistas y quién se encuentra siempre detrás de los abusos, de los atropellos, de los improperios y reiteradamente, del ejercicio de la violencia en contra de la libertad de prensa, de las instituciones y de los adversarios políticos, como estamos viendo.

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La opinión pública conoce bien las tácticas que se vienen empleando al respecto, ya que la mayoría de ellas fueron empleadas por la dictadura cruel y corrupta del general Alfredo Stroessner, quien –como todo tirano– no pudo resistir las críticas y persiguió a periodistas y medios no alineados hasta llegar a clausurar nuestro diario durante cinco años. La lección que nunca aprenden los aprendices de tiranos es que las dictaduras pasan y la prensa libre continúa viviendo, haciendo el mismo trabajo de siempre de ventilar sus fechorías y defender las libertades públicas, en especial la de prensa y expresión.

Aquellas tácticas empleadas en la dictadura consistían básicamente en homogeneizar el mensaje a través de la propaganda oficial de reverenciar al “jefe indiscutible”, lo que hoy se usa como intento de monopolizar los medios y tratar de convertir en “la voz” a los medios, propiedad del “jefe indiscutible”; persecución a los periodistas, lo que hoy se convierte en agresión e intento de desacreditarlos; judicializar casos a sabiendas del dominio ejercido por el poder central sobre el judicial, lo cual no cambió nada, y clausurar medios “agresivos”, sustituidos por comprarlo todo para “suavizarlos”.

La agresión a dos periodistas en el propio recinto del Congreso, por parte de uno de sus miembros, hecho defendido por su movimiento político, el cartismo, y luego por la mayoría de la Cámara de Diputados, con el argumento de que tomar por la fuerza los micrófonos de las periodistas y arrojarlos al suelo, además de dar un portazo, produciendo daño, no son suficientes argumentos para suspenderlo.

La reiterada actitud violenta del diputado Yamil Esgaib en contra de sus colegas parlamentarias, de la prensa y de periodistas, especialmente de mujeres, y el blindaje de protección política de su movimiento y de la propia cámara que integra, es imposible no interpretar como una impunidad, pero más que eso y más grave aún, es imposible no interpretar como el otorgamiento de un permiso para que el trastorno de la personalidad antisocial de cualquier personaje público tenga una nueva oportunidad de agredir, físicamente si lo desea, sin consecuencia alguna, siempre que la o las víctimas sean “enemigos de la mayoría colorada”.

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