Por lo visto, no sirvió de mucho que en 2025 se hayan recaudado 222.585 millones de guaraníes (35,5 millones de dólares) en concepto de tasas por limpieza y barrido, recolección, disposición y tratamiento de residuos, entre otros. Habrán tenido otros destinos, pues el desvío de fondos, como el de los 512.000 millones de guaraníes recaudados para obras de infraestructura, sería una arraigada práctica municipal. Según el exinterventor Carlos Pereira, 13.000 millones de guaraníes provenientes de los bonos fueron desviados hacia “servicios fantasma”, como los de camiones alquilados para recolectar basura; hoy solo operan diez de los veintiocho recolectores pertenecientes a la comuna: los demás están averiados, pese a los fondos supuestamente disponibles. La Contraloría General de la República debería realizar una fiscalización especial, en tanto que los dueños de baldíos tienen que limpiarlos y los vecinos en general abstenerse de lanzar desperdicios a los raudales.
La capital también se distingue por sus vías públicas estropeadas: abundan los baches, que conllevan un peligro tanto para los conductores como para los peatones. Eludirlos puede tener graves consecuencias para unos y otros. Es obvio que la Municipalidad debe mantener las calles y avenidas en buen estado, pero los baches proliferan como si fueran inherentes al paisaje urbano: la infraestructura vial está destrozada por doquier, es decir, tanto en las zonas residenciales como en las periféricas: si en el “eje corporativo” hay hondos baches que cubren la calzada y acumulan agua de lluvia que los oculta, en las cercanías del Mercado de Abasto se combinan los baches, la basura y una red cloacal colapsada. Luis Bello afirmó que en la Semana Santa se bachearon 450 sitios, pero entre ellos no figuró, con toda evidencia, la importante avenida Eusebio Ayala, lo que hace desconfiar de la veracidad de sus dichos.
Las desastrosas condiciones de calles y avenidas no son el resultado de súbitas catástrofes naturales, sino de la desidia de quienes no se inmutan ante el peligro en el tránsito y de la corruptela que distrae fondos que deberían usarse para el bacheo; por lo demás, habrá que verificar la calidad de la capa asfáltica, pues quizá se ignoren las especificaciones técnicas por motivos inconfesables: ella debe poder resistir las nada infrecuentes lluvias, pero al sucesor de Nenecho esa obviedad le tiene sin cuidado, como si un accidente mortal causado por un pozo no tuviera consecuencias penales. Conviene saber que el Código respectivo castiga con hasta tres años de cárcel o con multa al responsable de la construcción de carreteras o de la seguridad del tránsito que cause o tolere un estado gravemente riesgoso de esas instalaciones.
La administración municipal tiene también el pésimo hábito de abandonar obras inconclusas, como las cuatro de desagüe pluvial, que motivaron un pedido de interpelación al intendente, rechazado por sus fieles: la paralización de los trabajos, que respondería a la falta de fondos generada por el desvío de lo recaudado mediante los bonos de triste memoria, provocó accidentes que pudieron ser fatales, debido a la ausencia de vallas de seguridad. Los materiales para construir el desagüe en la cuenca de la avenida General Santos están abandonados, con toda negligencia, desde hace largos meses, mientras que las obras del barrio Santo Domingo siguen estancadas, causando serios perjuicios a los comerciantes. Nada se sabe de las otras cuatro que debían construirse. También a causa de la que sería la mayor malversación de la historia patria, ni siquiera se han iniciado los trabajos para mejorar y ampliar la estación de buses, así como construir un nuevo mirador en Ita Pytã Punta. Solo concluyeron las labores en una de las diez plazas –la de Naciones Unidas– que debieron ser renovadas; en las otras, que se sepa, ni siquiera empezaron.
Las tres áreas problemáticas abordadas, por así llamarlas, son una clara muestra del fracaso de un Gobierno municipal iniciado por quien debió renunciar al cargo que deshonró y que hoy prolonga quien lo sostuvo en su vergonzosa gestión. Es probable que, en vísperas de los próximos comicios municipales, Luis Bello vuelva a enviar a las calles a funcionarios, contratados y jornaleros, con el mismo nulo efecto que tuvo en marzo el grotesco espectáculo de oficinistas haciendo de barrenderos: el engañabobos debería volver a resultar inútil, ante tantas muestras de infortunios comunales. Los males son conocidos y están a la vista; es preciso evitar con el voto que la triste historia se repita, en homenaje al bien común.