En la cuna mundial de la amistad, este sentimiento no se transforma en hechos

Hoy se festeja el Día Internacional de la Amistad, una iniciativa lanzada en 1958 en Puerto Pinasco por el compatriota, ya fallecido, Dr. Ramón Artemio Bracho y recogida en 2011 por la Organización de las Naciones Unidas. Ese “afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”, al decir de la Real Academia Española, implica los más nobles sentimientos humanos. Es encomiable fomentarlo en pro de la armonía social, sin confundirlo con el amiguismo, tan común en nuestra práctica política, que supone favorecer al “socio” en perjuicio de otros con mejor derecho, tal como suele ocurrir en nuestra administración pública. Alegra que haya llegado al mundo una feliz idea surgida en un pequeño y alejado municipio del Chaco paraguayo, pero no así que, según se publicó en los últimos días, los alumnos de escuelas indígenas se desenvuelven allí con grandes precariedades, pese a reclamos realizados a las autoridades.

Hoy se festeja el Día Internacional de la Amistad, una iniciativa lanzada en 1958 en Puerto Pinasco por el compatriota, ya fallecido, Dr. Ramón Artemio Bracho y recogida en 2011 por la Organización de las Naciones Unidas. Ese “afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”, al decir de la Real Academia Española, implica los más nobles sentimientos humanos. Es encomiable fomentarlo en pro de la armonía social, sin confundirlo con el amiguismo, tan común en nuestra práctica política, que supone favorecer al “socio” en perjuicio de otros con mejor derecho, tal como suele ocurrir en nuestra administración pública.

“Para los amigos todo, para los enemigos palo, para los indiferentes la ley”, es una frase del dictador Alfredo Stroessner que ilustra la cínica desvirtuación del concepto, que aún merodea por nuestra sociedad.

Alegra que haya llegado al mundo una feliz idea surgida en un pequeño y alejado municipio del Chaco paraguayo, pero no así que, según se publicó en los últimos días, los alumnos de cuatro escuelas indígenas de la misma zona observen un pizarrón muy deteriorado, utilizando sus regazos como pupitres y, como asientos, unas tablas sostenidas por ladrillos huecos. Como bien dicen sus líderes, “la falta de infraestructura y de condiciones dignas pone en evidencia, una vez más, la postergación” que sufren las comunidades nativas. Esa postergación también se refleja en que la escolaridad promedio de sus miembros es de solo 2,9 años, en tanto que la nacional de la población infanto-juvenil es de 9,8 años, según datos oficiales.

La tan deplorable realidad tiene mucho que ver con la grotesca ineficiencia y el notorio desinterés del Estado: una funcionaria del Ministerio de Educación y Ciencias, supervisora del Apoyo Técnico-Pedagógico en Puerto Pinasco, reveló que ¡la falta de medios de transporte impidió entregar sillas a escuelas del municipio! Hasta hace unos días, solo el silencio respondió a sus pedidos de auxilio al Instituto Paraguayo del Indígena, a la Secretaría de Emergencia Nacional y al Gobierno departamental. El caso referido, que en gran medida se repetiría en otros puntos del país, evidencia una vez más que la población aborigen está de hecho condenada a la miseria, pese a que se invoca con orgullo la “garra guaraní”, sobre todo en lo que al fútbol respecta.

Siempre es bueno recordar la Constitución, aunque más no sea para tener conciencia de que, muchas veces, sus normas no pasan de ser expresiones de deseos, que no están acompañadas por las políticas públicas adecuadas. Ella dice, por ejemplo, que “El Estado respetará las peculiaridades culturales de los pueblos indígenas, especialmente en lo relativo a la educación formal”. Está bien que así sea, pero resulta que esa educación formal, más allá de su extrema precariedad, es impartida en circunstancias indignas, como se denunció en la cuna mundial de la amistad.

No faltan entidades públicas encargadas de promover el bienestar de los pueblos indígenas; lo que falta es la remanida “voluntad política” de hacer valer sus derechos y de dotarles de saberes e instrumentos que los libren de la triste necesidad de mendigar limosnas en los centros urbanos. Resulta necesario capacitarlos para que mejoren sus niveles de vida en el mundo de hoy. Es repudiable que sean marginados, so pretexto de respetar sus costumbres. Como todos los habitantes del país, también ellos deben tener iguales oportunidades en la participación de los beneficios de la naturaleza y de los bienes, tanto materiales como culturales.

En otras palabras, hay que tratarlos como si fueran amigos en la común empresa de forjar un Paraguay en el que nadie se sienta excluido por su idiosincracia ni fallezca al dirigirse a una escuela que puede venirse abajo: aprender no debe conllevar un peligro mortal, porque los organismos competentes descuellan por su ineficacia. Sin duda, las evidencias indican que hay bastante que hacer para que los alumnos indígenas estén mejor. Hay que intentarlo en serio, limpiando la función pública de haraganes, ineptos, corruptos y manirrotos. Hoy es una buena ocasión para propugnar que la amistad en nuestro país se transforme en hechos concretos que hagan que la gente, en especial nuestros hermanos indígenas, vivan también mejor.