Las elecciones municipales del 4 de octubre de 2026 no fueron un simple ejercicio de administración local. Fueron un termómetro político de precisión quirúrgica que midió, sin anestesia, el verdadero estado de salud del cartismo.
Mientras el partido de Gobierno se jacta de haber conquistado 187 de los 263 municipios del país –una mayoría territorial que nadie discute y que consolida su dominio en el interior–, perdió las dos ciudades que definen la narrativa nacional, concentran el peso económico, mediático y simbólico, y marcan el pulso de cara a las elecciones generales de 2028.
Asunción y Ciudad del Este no son cualquier municipio. Son los nervios del poder. Y el cartismo los perdió en estas elecciones, si bien debe aclararse que la capital del Alto Paraná ya se había liberado del otrora poder dominante colorado en ese lugar.
En Asunción, Soledad Núñez, candidata de la Alianza “Juntos por Asunción”, se impuso a Camilo Pérez por un margen estrecho pero demoledor en términos políticos: 47,78% contra 45,98%, con una diferencia de poco más de cinco mil votos.
Después de siete años de gobiernos colorados en la capital, la oposición recuperó la Intendencia. No fue una victoria cómoda ni una avalancha, pero sí un rechazo claro al continuismo.
El elector asunceno castigó la gestión de Óscar “Nenecho” Rodríguez y Luis Bello, marcada por irregularidades, intervención administrativa e iliquidez financiera. Castigó, sobre todo, la imposición de un candidato que no surgió de las bases sino del dedo de Horacio Cartes, según lo señalan incluso dirigentes colorados.
Dentro del propio movimiento ya se tiran la culpa con saña. La senadora Lilian Samaniego lo dijo sin eufemismos: “Camilo Pérez fue candidato de Cartes, no de otra gente. Fue digitado a dedo, sin ningún sentido de pertenencia al partido. La derrota de Asunción tiene un nombre: Horacio Cartes”.
Cuando los propios colorados empiezan a señalar al jefe, el problema deja de ser electoral y se vuelve de liderazgo.
En Ciudad del Este el golpe fue aún más contundente. Daniel Mujica, del partido “Yo Creo”, aplastó al candidato colorado Rigoberto Chamorro con el 72,83% de los votos contra apenas el 23,80%.
Una diferencia de casi cincuenta puntos porcentuales. CDE no solo es la segunda ciudad más poblada del país: es el polo comercial de la Triple Frontera, un bastión económico y político de enorme peso.
La reelección de Mujica consolida a “Yo Creo” como una fuerza con implantación real y proyecta a Miguel Prieto como un contendiente a tener en cuenta para 2028. El cartismo no solo perdió: fue humillado en uno de los territorios más codiciados del mapa electoral paraguayo.
Estos dos resultados no se explican solo por la “maquinaria” o por el voto cruzado. Se explican por el hartazgo. El elector urbano –precisamente el que más pesa en las elecciones nacionales– está cansado del continuismo, de las mismas prácticas, de la soberbia y de la sensación de que el país es un botín.
El diputado Mauricio Espínola, uno de los coordinadores de la campaña de Camilo Pérez en Asunción, no apuntó a Cartes. Apuntó directo a Santiago Peña. Habló de la soberbia presidencial, de los “sobres del poder que llegaban a Mburuvicha Róga”, de la investigación abierta por los dólares “olvidados” en la residencia oficial, y de la percepción ciudadana de que el Gobierno quiere manotear los fondos jubilatorios del IPS.
“La gente no es tonta... La gente se da cuenta de que existe una investigación abierta de sobres que llegan a Mburuvicha Róga. La gente se da cuenta de que el Presidente quiere manotear los fondos jubilatorios. La gente se da cuenta de la soberbia del Presidente de la República”, dijo.
Es cierto que el cartismo sigue controlando el territorio. Tiene la mayoría de las intendencias, aunque por primera vez está perdiendo la capacidad de imponer candidatos sin costo político. Está perdiendo la narrativa de invencible. Y eso, de cara a 2028, es de gran importancia.
Las municipales son un ensayo general. Lo que ocurrió en Asunción y Ciudad del Este anticipa el clima que enfrentará el oficialismo en apenas dos años. El continuismo ya no seduce donde más duele.
La gente está mostrando hartazgo, hartazgo de las mismas caras, de las mismas prácticas, de la misma impunidad disfrazada de lealtad partidaria. Harta de que le digan que no hay alternativa mientras le muestran sobres, manotazos a los fondos de los jubilados y una soberbia que no escucha.
No hay mal que dure cien años, ni pueblo que lo aguante. Cuando la ciudadanía reconoce que el poder verdadero no reside en las cúpulas ni en los dígitos desde arriba, sino en el voto que deposita cada domingo electoral, el tablero se mueve.
Asunción y Ciudad del Este ya se movieron. El cartismo, por más que se aferre a las 187 intendencias y a la narrativa de la victoria territorial, siente el temblor. Y de cara a 2028, ese temblor puede convertirse en terremoto.
El pueblo habló. Habló fuerte. Y dejó claro que el continuismo quizás esté teniendo fecha de vencimiento.