Hay un instante preciso en el que el Gobierno de una ciudad cambia de manos. No es el juramento formal ni la foto con la banda. Es el momento en que las llaves del municipio pasan de una palma a otra y quien las recibe comprende, de golpe, que ya no se puede hablar de “los problemas”. Hay que nombrarlos con nombre y apellido: el agua que no baja, la basura que se acumula en las esquinas, los baches que dejan enterradas las ruedas de los vehículos, el miedo que se mueve por las calles de noche, el barro que empieza donde termina el pavimento, las plazas abandonadas como refugio de “chespis”, la falta de ordenamiento territorial y, ni que decir, el tráfico cada vez más caótico.
En Paraguay, ese instante llegó hoy. Este 3 de noviembre los 263 intendentes electos el 4 de octubre reciben esas llaves. El país municipal entero cambia de guardia.
En Asunción, Soledad Núñez toma el mando después de las desastrosas gestiones de Óscar “Nenecho” Rodríguez y del interinato de Luis Bello. La capital hereda una ciudad en “terapia intensiva”, sentenció la nueva intendente.
Calles convertidas en cráteres lunares, basura que desborda contenedores y genera vertederos clandestinos en todos los barrios, deudas acumuladas, una Policía Municipal de Tránsito cuestionada por su afán recaudador, raudales que con cada lluvia convierten avenidas en ríos porque la cobertura de desagüe pluvial apenas alcanza el 25%, industrias contaminantes en zonas densamente pobladas y mataderos que con su actividad llenan de moscas las mesas de los vecinos de sus respectivas zonas en cada almuerzo.
Sole prometió cinco ejes claros: Asunción se ordena (transparencia, trámites ágiles, cierre de cajas paralelas y portal de datos abiertos), se limpia (recolección inteligente y fin de los basurales), se mueve (bacheo permanente y ordenamiento del tránsito), se cuida (recuperación de plazas y seguridad comunitaria) y se produce (reactivación del Centro Histórico). Habló de auditorías inmediatas, de poner a los barrios en el centro y de no pedir más paciencia a una ciudad que “ya aguantó demasiado”.
El mapa se repite, con matices, en los principales centros. En el departamento Central, los nuevos jefes comunales –en Luque, Ñemby, Mariano Roque Alonso, Villa Elisa, Fernando de la Mora y otros– asumen con promesas de asfaltado, cámaras de seguridad, polideportivos, digitalización y transparencia, mientras heredan también calles destruidas, recolección deficiente de residuos, raudales por falta de desagües y cuestionamientos sobre el manejo de fondos.
En Ciudad del Este, el ordenamiento urbano, el tránsito caótico que se rige por la “ley del mbareté” y la inseguridad siguen siendo deudas históricas en una ciudad que vive del comercio fronterizo. En Encarnación y otras capitales departamentales, el desafío es similar: transformar compromisos de campaña en servicios concretos mientras se sanea administraciones marcadas, en varios casos, por denuncias e irregularidades.
Los mayores desafíos no son abstractos. Son la basura que se acumula y contamina arroyos y barrios, los baches que destruyen los vehículos y la paciencia, las inundaciones que cada temporal reactiva porque falta infraestructura pluvial básica, la inseguridad que obliga a los vecinos a organizarse por su cuenta con polladas y tallarinadas, el tránsito desordenado y la opacidad en el uso de los recursos.
A eso se suma el peso de las deudas financieras y la necesidad de reconstruir confianza en instituciones que, durante años, generaron más escepticismo que esperanza. La Contraloría impulsa guías de transición transparente; la ciudadanía, por su parte, ya no se conforma con promesas.
Los nuevos intendentes llegan con discursos de orden, limpieza, obras y honestidad. Algunos prometen eliminar prácticas recaudatorias, otros digitalizar gestiones, otros priorizar el asfaltado y la recolección. El tono es de reconstrucción. Pero el país municipal ha escuchado antes esas palabras.
La diferencia, esta vez, no estará en el discurso de asunción, sino en lo que ocurra en las primeras semanas. Si la basura empieza a recogerse con regularidad, si aparecen cuadrillas de bacheo reales, si se auditan cuentas y se cierran circuitos informales, si los barrios dejan de ser el lugar donde se depositan los problemas y pasan a ser el lugar desde donde se resuelven.
El peso de las llaves es este: no son un símbolo, son una deuda. Cada intendente que asume carga, además de sus promesas, el cansancio acumulado de quienes pagan impuestos y caminan calles rotas, de quienes esperan que el camión de la basura pase, de quienes temen el próximo raudal o el próximo asalto. La memoria de la gente es más larga que un mandato. Y cuando el agua no baja, cuando la basura sigue en la esquina y cuando el miedo no se retira, esa memoria cobra con intereses.
Que las llaves no sean solo un cambio de nombre en la puerta. Que sean el comienzo de ciudades que, por fin, se ordenan, se limpian y se mueven. Porque Paraguay ya no pide más paciencia. ¡Pide resultados!