En la década de 1980 hubo una mujer que, fiel a sus convicciones controversiales, pudo realizar ciertas reformas a favor de la iniciativa privada y en defensa del capitalismo, aunque mínimamente. Margaret Thatcher asumió el poder con déficit público y un Estado gigantesco en el Reino Unido. Pese a las críticas, internas y opositoras, desrreguló los mercados financieros, privatizó las empresas públicas ineficientes, criticó el centralismo todopoderoso de la antigua Comunidad Europea, defendió el individualismo, eliminó subsidios y realizó varios recortes en el gasto público.
Influenciada por los Nobel Milton Friedman y Friedrich von Hayek, criticó duramente al Estado benefactor, combatió contra el autoritarismo de los sindicatos británicos y fue pieza clave en la lucha contra el comunismo soviético.
También cometió varios errores. Thatcher se opuso a las sanciones de la Mancomunidad de Naciones a Sudáfrica por el apartheid, no reparó en gastos para enfrentar a Argentina en la Guerra de las Malvinas, fue partidaria de la pena de muerte, apoyó el nacionalismo y ayudó enormemente a la dictadura de Augusto Pinochet. Fue una conservadora moralista que abogó por la censura audiovisual y se opuso al divorcio. Terminó su administración a causa de la imposición del poll tax o impuesto para la financiación local por individuo.
Thatcher no lideró una gran revolución, pero sí permitió que el Reino Unido caminara nuevamente por la senda del desarrollo, permitiendo que los mercados británicos sean los más atrayentes luego de los estadounidenses. Su muerte, el pasado 8 de abril, fue lamentada por intelectuales conservadores, políticos y gobernantes del mundo, pero también fue celebrada por organizaciones de izquierda y ciudadanos británicos que la culpan del desempleo de los 80.
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Las medidas económicas tomadas por Thatcher difícilmente sean emuladas hoy en día por algún primer ministro o presidente de Occidente, debido a que el populismo ha ganado terreno en el plano político y las propuestas a favor del libre mercado hoy no gozan de buen prestigio, a causa de las campañas malintencionadas en su contra.
Sin embargo, el capitalismo real, que no tiene barreras y obstáculos, demostró a lo largo de la historia reciente que es el más eficiente y a la vez, el único sistema moral para relacionarnos libremente entre los seres humanos, en palabras de la filósofa Ayn Rand. No hubo otro sistema político-económico capaz de apostar por la creación ilimitada de nuestra especie, que a la vez ayudara a mejorar las condiciones socioeconómicas de las personas y permitiera erradicar el hambre, el analfabetismo y la guerra.
Para entender los problemas que hoy en día enlutan al mundo y hacen reflotar ideas refutadas como “estado benefactor” o “estado poderoso” hay que entender a los teóricos de la Escuela Austríaca, que sostiene que el concepto de acción humana engloba y supera al concepto de decisión individual. En efecto, el economista Jesús Huerta de Soto sostiene que para la Escuela Austríaca, la ciencia económica se concibe como una teoría de la acción más que de la decisión, lo que le hace diferente del enfoque neoclásico. El paradigma austríaco es subjetivista y se concibe como la posibilidad de cometer errores empresariales puros, a diferencia del neoclásico, para el cual no se pueden admitir errores, ya que todo se racionaliza en términos de costes y beneficios.
Sin embargo, en esta carrera por entender lo que sucede, es difícil defender al capitalismo, ya que hasta los propios empresarios o banqueros se sienten cómodos cuando la crisis llega y con ella el rescate. Aún así, el mejor sistema económico sigue presente para beneficio de los humanos. Realizar ciertas reformas como las que tomó Thatcher ayudarían a encaminar al mundo a la senda del desarrollo. Pero, lamentablemente, hay pocos valientes y muchos populistas.
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